| La historia de una niñez extraordinaria Emilia Bernal Agüero y una Autobiografía desconocida. Ofrecemos aquí cuatro capítulos escogidos al azar, de la autobiografía de Emilia Bernal Agüero, escritora cubana nacida en Nuevitas, Camagüey el año de 1884, y fallecida en Washington D. C. en 1964. Concebida por ella especialmente para los niños de edad escolar, y escrita en 1919 en la ciudad de Nueva York, las preciosas viñetas de esta autobiografía han permanecido demasiado tiempo en una oscuridad inmerecida, y su falta entre nosotros nos empobrece. De ahí que, sacándola nuevamente a la luz, y ofreciéndola a nuestros lectores, creemos dar cumplida satisfacción a los deseos de su autora, a la vez que nos resarcimos nosotros todos con su lectura. 
EL PATIO Pero el mejor trofeo del pintoresco recinto era el patio, amurallado de altas tapias cubiertas de frondosas enredaderas de madreselva amarilla y olorosa; quiscalias bermellón, que trascienden a fragancia de fruta; blancas estefanotas; azules campanillas; menudas ipomeas y rosado coralillo.
Del patio en el centro, el pozo, de alto brocal de piedra carcomida, donde a la hora de la siesta da su clarinada al viento el gallo enamorado y donde cacarea entusiasmada la gallina anunciando a la dueña de la casa que la acaba de obsequiar con un huevo. Dentro, la piedra erizada de picos en las paredes del pozo, y en sus huecos, la fértil yerba colgante, la verdolaga de terciopelo verde intenso, el llantén medicinal. Y en el fondo, el agua clara y fresca, a veces borboteante surgiendo de abajo o de los flancos, a veces tersa, inmóvil, a cuya superficie se asoma a mirarse la muchacha, coqueta, antes de turbar su quietud lanzando el balde, que después sube lleno, acompasando el mover de los brazos a la música de la garrucha.
En otro lugar del patio, el aljibe, con su solado de ladrillos escarlata y su brocal hermético, donde el agua recogida del techo por las canales, se hace añeja, y abastece durante el largo estío y el corto invierno. Y alrededor del aljibe el milagro de las flores en rústicos canteros hechos con fondos de canecas invertidos. Canteros siempre llenos de rosas, de azucenas, de claveles y de jazmines. ¡Maravilla en los amaneceres cuando las flores despiertan salpicadas del rocío!
Y semiocultos entre las enredaderas que ascienden las tapias, los tinajones, vasijas ventrudas llenas de agua movediza. Sus paredes internas llenas de musgo y desbordando el copioso culantrillo. En sus contornos, al frescor del agua que filtran sus poros, el hacinamiento de las espontáneas matas de mariposas, que embalsaman el ambiente cálido en las noches de junio, cuando el cielo negro se tachona de estrellas o la luz de la luna palidece el infinito. En el traspatio, cada familia guarda su alborotado gallinero; acaso en estrecho corral alimenta con palmiche, un cerdo para sacrificar en el festín de Nochebuena, o suelta entre las aves, da de pastar a una chiva, con cuya leche cría al recién nacido de la casa; o en el establo aposenta al caballo que hace los viajes cotidianos a la finca. Todo, animales y gente, viviendo dentro de la más cordial armonía. | |