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¿Cómo te llamas, noche de esta noche? Dime tu nombre. Déjame tu santo y seña para que yo te reconozca siempre a través de otras noches diferentes.
Tú me ofreces su frente en medialuna (medialuna de carne), sus labios (pulpa en sombra) y su perfil al tacto… (Mañana mi derecha jugará a dibujar su contorno en el aire).
¿Cómo te llamas, noche de esta noche? Dime tu nombre. Déjame tu santo y seña para que yo te reconozca siempre a través de otras noches diferentes. ¡Y que pueda llamarte gozoso, trémulo, por tu nombre!
¿Y si llegaras tarde, cuando mi boca tenga sabor seco a cenizas, a tierras amargas?
¿Y si llegaras cuando la tierra removida y oscura (ciega, muerta) llueva sobre mis ojos, y desterrado de la luz del mundo te busque en la luz mía, en la luz interior que yo creyera tener fluyendo en mí? (Cuando tal vez descubra que nunca tuve luz y marche a tientas dentro de mí mismo, como un ciego que tropieza a cada paso con recuerdos que hieren como cardos).
¿Y si llegaras cuando ya el hastío ata y venda las manos; cuando no pueda abrir los brazos y cerrarlos después como las valvas de una concha amorosa que defiende su misterio, su carne, su secreto; cuando no pueda oír abrirse la rosa de tu beso ni tocarla (tacto mío marchito sobre la tierra yerta) ni sentir que me nace otro perfume que le responda al tuyo, ni enseñar a tus rosas el color de mis rosas?
¿Y si llegaras tarde y encontraras (tan sólo) las cenizas heladas de la espera?
SI en vez de ser así, si las cosas de espaldas (fijas desde los siglos) se volvieran de frente y las cosas de frente (inmutables) volviesen las espaldas, y lo diestro viniese a ser siniestro y lo izquierdo derecho… ¡No sé cómo decirlo!
Suéñalo como un sueño que está detrás del sueño, un sueño no soñado todavía, al que habría que ir, al que hay que ir, (¡no sé cómo decirlo!) como arrancando mil velos de niebla y al fin el mismo sueño fuese niebla .
De todos modos, suéñalo en ese mundo, o en éste que nos acerca y nos apaga donde las cosas son como son, o como dicen que son o como dicen que debieran ser… Vendríamos cantando por una misma senda y yo abriría los brazos y tú abrirías los brazos y nos alcanzaríamos. Nuestras voces unidas rodarían hechas un mismo eco.
Para vernos felices se asomarían todas las estrellas. Querría conocernos el arcoiris palpándonos con todos sus colores y se levantarían las rosas para bañarse un poco en nuestra dicha… (¡Si pudiera ser como es, o como no es… En absoluto diferente!)
Pero jamás, jamás. ¿Sabes el tamaño de esta palabra: Jamás? ¿Conoces el sordo gris de esta piedra: Jamás? ¿Y el ruido que hace al caer para siempre en el vacío: Jamás?
No la pronuncies, déjamela. (Cuando esté solo yo la diré en voz baja suavizada de llanto, así: Jamás…)
DE pronto me he quedado como una rama sola en espera del fruto y de la dulce hoja, como un desierto, como un libro olvidado en el polvo, como una silla rota
La sombra del abismo de los no bautizados invade mi cabeza de una ceniza fría. Estoy entre icebergs y barcos encallados, entre máscaras viejas y frases sin sentido.
De pronto me he quedado como una rama sola en un país de otoño perpetuo y angustiado, como una isla de sal o un pájaro de nieve, como un balcón sin rosas y una calle sin gente.
Han venido murciélagos, turbios niños de cieno, oscilantes recuerdos como un suelo que cede a la presión del pie… Fosforescencias mudas, paraguas, esqueletos y no sé qué otras cosas…
De pronto me han cegado los ríos que yo amo, me han talado los árboles y amputado los sueños.
¿Qué vuelo torpe, qué ala de espinas y membrana va creciendo en mi pecho y me apaga las sienes?
Se llevaron los rostros y las cálidas manos, las niñas con sandalias, los alegres muchachos cuyas camisas se hinchan de viento y de hermosura como velas de barcos, cuando van en patines…
De pronto me he sentido como un pozo sin fondo, con un gusto muy triste de botella vacía, esperado el amor del agua y sus estrellas, la entrega de las nubes, el secreto del cielo.
Vendrán lámparas graves, realidad, ademanes caras familiares… puentes hacia la vida. Habrán de devolverme al reino de las formas del llanto y de la risa, de los perros ladrando…
Aquí mi rama espera el brote de su alondra, la humedad de la hoja y el fruto madurando: ¡Oh! venid, voces vivas, luces y voluntades, corroboradme el mundo, la verdad, los paisajes.
Emilio Ballagas (Camagüey, 1908, La Habana, 1954), pertenece a la llamada segunda generación republicana, y conforma junto a su coterráneo Nicolás Guillén y a Eugenio Florit la tríada de poetas más representativos de la misma. Ballagas se inicia a la creación poética bajo la influencia de los diferentes ismos de la vanguardia artística. Sus primeros poemas y libros evidencian estas huellas aunque desde el comienzo mismo puede verse en su quehacer y preocupación estética la impronta de un auténtico poeta. Júbilo y fuga (1931) resuelve en acertada combinación los influjos de la poesía pura de que fuera máximo exponente Mariano Brull (Camagüey, 1891 – La Habana, 1956) y los de la vanguardia en general. Ballagas transitó asimismo la poesía llamada negrista con un genuino sentir de poeta que no se atiene a lo meramente externo, como bien muestra su Cuaderno de poesía negra (1934). Sabor eterno, (1939) , libro del que procede la selección que poemas que aquí se recoge, marca indudablemente el momento de pleno dominio técnico de Ballagas que se confirma en sus siguientes entregas. Además de su poesía Ballagas es asimismo el autor de numerosos trabajos ensayísticos en prosa sobre temas literarios, y en particular acerca de la poesía. | ||
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