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Memoria(s) de escritores
y escritores de memoria(s)

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José María Heredia, (Cuba, 1803 - México, 1839) fue, según demuestran dos estudios fundamentales de Manuel Pedro González, y Lomberto Díaz, respectivamente, el primer romántico en lengua española, y figura de gran ascendencia no sólo en su país de origen, sino en el panorama de las letras hispánicas de su época, y ello, pese a que sobre él pesaron muy temprano sus circunstancias de desterrado, y proscrito político. Refugiado primeramente en los Estados Unidos y más tarde en México, en éste último país se afincó, creó familia, trabajó, murió y fue enterrado. Su vida pues, estuvo muy vinculada a la política de la joven república mexicana desde 1825, y por ende, sujeta a los altibajos de toda índole enfrentados por ella. En enero de 1838 estaba herido de muerte por la tisis de que sufría, y a fines de abril cesa en todas sus funciones y empeños oficiales. Escribió aún entonces algunas poesías, publicadas póstumamente: Al Santísimo Sacramento, A Dios, y La oración del poeta moribundo. El 7 de mayo murió en la ciudad de México donde fueron sepultados sus restos, hoy perdidos. Conocido ampliamente por su poesía, y en menor medida por sus artículos de crítica literaria, y sus obras dramáticas, el quehacer narrativo de Heredia es hoy prácticamente ignorado tanto entre el público lector como entre los estudiosos mismos de la obra herediana. de manera que los cuentos y relatos aquí reunidos por primera vez en un volumen, y presentados al público mediante una sucinta introducción del editor que los sitúe en sus coordenadas correspondientes, viene a ofrecer una muestra desconocida de la producción herediana, además de un ameno filón de narraciones decimonónicas que sumar al rico caudal de las letras en nuestro continente, cuya exploración está muy lejos de agotarse, y explica mejor la vitalidad que desde hace mucho se les reconoce.

Cuento desconocido de José María Heredia, aparecido en su revista Miscelánea, en 1832, que se recoge con otros cuentos del autor reunidos por primera vez en Cuentos y Relatos de José María Heredia, de próxima aparición según se anuncia en nuestro Catálogo de obras.

El caballero gordo

Difficile est proprié comuna dicere.
Horacio

En uno de mis viajes por Inglaterra me atacó una ligera indisposición, de que empezaba a restablecerme, pero aún tenía un resto de calentura, y tuve que encerrarme en una posada, en un día lluvioso del triste mes de noviembre. ¡Un domingo lluvioso en una posada de aldea! Sólo quien lo haya sufrido podrá compadecer mi situación. La lluvia azotaba mi ventana, y la campana con lúgubre sonido llamaba a los fieles a la iglesia. Me asomé a la vidriera, procurando descubrir algo en que descansar la vista: parecía que me hallaba colocado más allá de la esfera de todo acontecimiento. Las ventanas de mi alcoba caían a techos y chimeneas, y desde las de la pieza inmediata veía sólo el patio de la posada, que en tal tiempo es un espectáculo muy adecuado para fastidiar al hombre más apático. El que yo veía estaba cubierto de paja esparcida por los caminantes y mozos de mulas; en uno de sus rincones yacía un gran charco, y en su centro una isla de lodo. Varias gallinas medio ahogadas se habían recogido bajo una carreta; el gallo, empapado y con la cresta caída, parecía privado de su ardor y espíritu, y el agua que escurría de su lomo, goteaba de su cola abatida, que parecía una sola pluma. Junto a la carreta yacía una vaca medio dormida, que rumiaba, y con la mayor paciencia dejaba que la lluvia inundase su cuerpo, del que salían nubes de vapor. Un caballo viejo, aburrido de la caballeriza, sacaba por una ventana su cabeza descarnada, y recibía en ella el chorro de una canal. Un desdichado perro encadenado en el sótano, lanzaba a intervalos una voz media entre ladrido y aullido: una fregandera vieja y asquerosa atravesaba el patio, y su figura me pareció tan triste y siniestra como el tiempo. En una palabra, todo aparecía sumergido en la tristeza y el tedio, a excepción de unos gansos, que reunidos junto al charco, se divertían con graznidos espantosos.

Yo estaba solo, y me aburría. Presto me fue insoportable mi cuarto; lo abandoné y bajé a la sala común, esperando hallar en ella algunos pasajeros. Hallé dos o tres, pero me fue imposible sacar de ellos el menor partido. Uno acababa de almorzar, y se quejaba del pan y de la mantequilla, riñendo al mozo; otro injuriaba a Boots por haberle limpiado mal los zapatos, y el último tocaba el tambor sobre la mesa con los dedos, mirando caer la lluvia por la vidriera. Todos parecían atacados por el contagio de la atmósfera: sucesivamente desaparecieron, y volví a quedar solo.

Púseme a la ventana, y me entretuve en mirar a los que se dirigían a la iglesia bajo de paraguas mojados. Callaron luego las campanas, y la calle volvió a quedar en profunda soledad y silencio. Entonces me puse a mirar a las hijas de un tendero que vivía frente a la posada. Se habían quedado en casa por no echar a perder su ropa buena, y asomadas a la ventana, querían sin dudas probar el poder de sus gracias en los vecinos. Una madre vigilante y avinagrada vino a recogerlas, y me privó de la última posibilidad de distracción exterior.

¿Qué debía yo hacer, pues, para matar el tiempo en aquel eterno día? Me agobiaba la tristeza, y mis nervios se irritaban cruelmente. Además, todo lo que pertenecía a la posada parecía calculado para agravar mi fastidio. Unas cuantas gacetas viejas, apestando a cerveza y a tabaco, que ya había yo leído una docena de veces por lo menos, y unos libros malos, aún más tediosos que el tiempo. Leí y releí un número antiguo del Almacén de damas hasta que me causó náusea; recorrí los nombres conocidísimos de viajeros ambiciosos de gloria, que los habían esculpido en los vidrios. Allí encontré miembros de las eternas familias de los Smith, Brown, Jackson, Johnson, y de todos los sones del mundo; y descifré algunos malos versos que ya había leído en todas las ventanas de todas las posadas del globo.

El día continuó sombrío y triste: las nubes perezosas y húmedas parecían clavadas en el aire; no había variedad, ni aún en la lluvia, que caía de un modo triste y monótono, y sólo de cuando en cuando, el rumor que hacía cayendo sobre un paraguas en la calle, me ofrecía la idea de una variación.

Tuve un momento de alivio cuando la corneta anunció la llegada de una diligencia, que bajaba por la calle con rapidez y paró a la puerta de la posada. Su techo estaba cubierto de viajeros que se ocultaban bajo sus paraguas de algodón, lo que no impedía que viniesen empapados los huesos.

El ruido hizo salir de sus guaridas a una tropa de muchachos y perros vagabundos. El mozo de la caballeriza, el extraño animal que llaman Boots, y toda la raza de ociosos que infestan las inmediaciones de una posada, acudieron a la puerta, pero la confusión sólo duró un momento: la diligencia siguió su ruta, y criados, muchachos, perros y Mr. Boots volvieron a sus agujeros; la calle quedó tan silenciosa como antes, y la lluvia siguió cayendo. A la verdad, no había apariencias de que cesase: el barómetro marcaba mal tiempo, y el gato de la huéspeda estaba junto a la chimenea lavándose la cara, y rascándose la cabeza con las patas. Consulté el almanaque, buscando alguna esperanza, y hallé esta tremenda predicción: Espérese mucha lluvia en esta semana.

 

Sentíame amargado por el spleen; me parecía que los minutos se arrastraban, y me fatigaba aun el tic tac de la péndula. Al fin, el profundo silencio que reinaba en la casa se interrumpió con el ruido de una campanilla, y poco después oí la voz de un criado que decía a la huéspeda:

-El caballero gordo del número 13 pide su desayuno: te, pan y mantequilla con jamón y huevos. Recomienda sobre todo, que los huevos no estén duros.

En mi situación, los menores incidentes eran importantes. Presentóseme un objeto de reflexión, que prometía entretener mi fantasía ociosa. Naturalmente me inclino a pintarme los objetos que me describen, y esta vez no me faltaban materiales para la obra. Si sólo hubiesen hablado del extranjero con el nombre de Mr. Smith, Mr. Brown, Mr. Jackson o Mr. Johnson, aun si sólo hubiesen dicho el caballero del número 13, nada habría tenido de particular, pero ¡el caballero gordo!... La sola expresión tenía algo de pintoresco. Me presentaba la forma de la persona; le daba un cuerpo, y mi imaginación hizo lo demás.

Pues era gordo, debía ser anciano, porque muchas personas engordan al envejecer; pues se desayunaba tarde, y en su cuarto, era sin duda un hombre acostumbrado a una vida cómoda, y sus ocupaciones no le obligaban a madrugar. Me lo figuré, pues, como un caballero grueso, viejo y rosado.

Oí llamar de nuevo, con fuerza. El caballero gordo se impacientaba: era pues, un hombre de importancia, acostumbrado a que le sirvieran con prontitud, tenía, además, excelente apetito, y se ponía de mal humor cuando se hallaba algo hambriento. Acaso, pensé, es un alderman de Londres. ¿Quién sabe si algún miembro del parlamento?

Le subieron el desayuno, y siguió un corto silencio. Juzgué que estaría tomándolo, mas pronto sonó otra vez la campanilla con más fuerza que antes, y volvió a sonar sin dejar el tiempo suficiente para que acudiesen.

¡Justo cielo! -exclamé-. ¡Qué vivo es este señor!

El mozo bajó sofocado. La mantequilla estaba rancia, los huevos duros, y el jamón muy salado. El caballero gordo era, evidentemente, melindroso en su comida, y pertenecía a la especie de los que gruñen al comer, tienen siempre al mozo alerta, y están en perpetua hostilidad con toda la casa.

La huéspeda iba ya enfadándose. Debo observar que era una muchacha viva, coqueta y bien parecida, con un marido muy necio, como sucede por lo general a las mujeres quimeristas. Riñó ásperamente a los criados por haber subido un desayuno tan malo, pero no dijo palabra contra el caballero gordo, de lo que concluí con razón que éste se creía con derecho de hacer ruido y molestar en la posada. Subiéronle otros huevos, otro jamón y otra mantequilla. Recibió con más agrado estas nuevas provisiones, y se restableció la paz.

Pocos paseos había dado yo en la sala común, cuando llamaron de nuevo, y a poco, vi que andaban buscando alguna cosa. El caballero gordo pedía el Times o el Morning Chronicler. Lo marqué pues, por un Whig, o más bien sospeché que fuese un radical, según su tono despótico.

Mi curiosidad iba en aumento; pregunté al criado quién era aquel caballero que alborotaba toda la casa. Nada pude saber, porque todos ignoraban su nombre. En las posadas concurridas, el huésped por lo general no se molesta en sabe cómo se llaman los transeúntes. El color de su vestido, su estatura o su cara, bastan para procurarles un nombre provisional, como el caballero alto, el caballero chaparro, el caballero de casaca negra o azul... Esta vez, como hemos visto, fue el caballero gordo. Una vez que han imaginado un medio para designarle así, no se apuran por saber su nombre.

¡Lluvia, lluvia, y más lluvia! No había modo de salir, ni de ocuparme o divertirme con alguna cosa en la posada. Al cabo de [un] rato oí que caminaban sobre mi cabeza en el cuarto del caballero gordo. Conocí que era corpulento por la pesadez de sus pasos, y viejo, porque sus zapatos eran de suela doble, y hacían mucho ruido. Calculé que era un anciano de vida muy metódica, que acostumbraba hacer algún ejercicio después de almorzar.

Acerquéme a la chimenea, y leí los nombres de todas las posadas y el derrotero de todas las diligencias del distrito. El Almacén de las damas ya me inspiraba horror, y me fastidiaba tanto como el tiempo. Subí mecánicamente a mi cuarto. A poco, oí salir un grito de la pieza inmediata, y que se abrió una puerta y volvió a cerrarse con violencia. Una criada, que me había parecido frescachona y alegre, bajó sofocada la escalera: ¡el caballero gordo la había insultado!

Esta ocurrencia desvaneció todas mis conjeturas. Aquel desconocido no podía ser viejo, porque en tal caso no hubiera tratado de cortejar a la muchacha contra su voluntad. Tampoco podía ser joven, porque no la habría causado una indignación tan viva. Era, pues, un hombre de media edad, y lo que es más, horriblemente feo, sin lo cual no se hubiera enojado tanto la chica. Confieso que me hallaba en el mayor embarazo.

Al instante, oí la voz de la huéspeda, y la entreví al subir la escalera. Su cofia echada hacia atrás dejaba ver su rostro inflamado, y su lengua giraba como un remolino.

-No -decía-. No quiero tales infamias en mi casa. ¡Estos señores gastan mucho dinero, mas no adquieren por eso un derecho para ser insolentes!

Como aborrezco las disputas con mujeres, y sobre todo con mujeres bonitas, me acogí a mi cuarto y junté la puerta, pero mi curiosidad estaba muy excitada para que no escuchase. La huéspeda tomó por asalto la ciudadela del enemigo, y por un rato oí su voz muy alborotada; luego fue bajando el tono, después oí que se reía, y ya después nada oí.

Al cuarto de hora, salió la huéspeda del aposento del caballero gordo, sonriéndose con malicia, y enderezándose la cofia, que tenía un poco ladeada. Su marido le preguntó ¿qué había?, y ella respondió que nada, que la criada era una tonta. Este incidente acabó de confundirme, y no sabía qué pensar de un personaje tan extraordinario, que irritaba a una criada muy humilde, y amansaba a una huéspeda tan áspera. No era, pues, ni tan viejo ni tan regañón, ni tan feo.

Tuve que empezar de nuevo a trabajar en su retrato, pintándomelo de muy distinto modo. La mañana se me pasó en formar conjeturas, mas apenas llegaba a combinar un sistema, algún movimiento del desconocido lo aniquilaba en un instante. Tales son las especulaciones solitarias de una mente calenturienta, y mis meditaciones continuas sobre aquel personaje invisible me causaron una fuerte irritación nerviosa.

Llegó la hora de comer, y yo esperaba que el caballero gordo comería a la mesa redonda y lograría conocerlo, pero no. Le sirvieron en su cuarto. ¿Para que esta soledad y misterio? Ya no podía ser un radical, porque había mucho espíritu aristocrático en aislarse de aquella manera, durante un largo día lluvioso, y además, se trataba muy bien para tratarse de un político descontento. Parecía complacerse en comer de muchos platos, y se deleitaba con su botella como un verdadero epicúreo. No tardé en salir de mis dudas sobre su opinión política, porque apenas acabó su primera botella, empezó a cantar en voz baja: apliqué el oído y conocí que la canción era God save the King. (Dios guarde al Rey). Era evidente, pues, que mi héroe no era radical, sino al contrario, un súbdito fiel, o que al menos se volvía tal cuando le inspiraba el vino, y estaba pronto a sostener al rey y a la constitución, cuando ya no podía tenerse en pie. Mas, por fin, ¿quién era? -volví a mis conjeturas-. ¿No sería algún personaje distinguido, que viajaba de incógnito? ¿Quién sabe -dije dudando- si es algún príncipe de la familia real? O me engaño, o todos ellos son bien gordos.

El tiempo no abría. El misterioso desconocido permaneció en su cuarto, y como no le oí pasearse, inferí que gozaba de su poltrona. Pardeaba ya la tarde, y empezaba a llenarse la sala común. Unos pedían su comida, y otros su té, pero yo no les hacía caso, pues mi ánimo estaba enteramente preocupado con el caballero gordo. Después de haber pasado el día entero pensando en él, ya no me era posible dirigir mis ideas a otros objetos.

Entró la noche. Los pasajeros leyeron dos o tres veces los periódicos. Unos formaban círculo en torno de la chimenea, hablaban de sus caballos, de sus queridas, y discutían el crédito de los negociantes y la bondad de las posadas. Entre tanto se echaban a pechos sendos vasos de aguardiente o agua de azúcar. A seguidas llamaron sucesivamente a Mr. Boots y a la criada, y fueron retirándose a sus cuartos, calzados con zapatos viejos, que nuestro ingenioso huésped había convertido en chinelas incomodísimas.

Sólo uno quedaba: era hombre sanguíneo, que tenía el busto muy corto, las piernas de enano, y una cabeza enorme. Estaba sentado junto a una mesa, en que tenía un gran vaso de ponche, y una cuchara. Poco a poco, fue quedándose dormido, con el vaso delante: la luz pareció imitarle, porque su mecha fue alargándose, y formando en su extremidad una gran pavesa, que oscureció la escasa luz que aún quedaba en el cuarto. Aumentóse mi tristeza con la que reinaba en torno de nosotros. Veía colgados en fila, en la pared, como otros tantos espectros, los carricks de los pasajeros, sepultados ya en un sueño profundo, y sólo escuchaba el tic-tac de la péndula, la respiración profunda y sonora del bebedor aletargado, y las gotas de lluvia que destilaban las canales. El reloj de la iglesia dio las doce. De repente el caballero gordo echó a andar mesuradamente en su cuarto, que, como he dicho, estaba sobre la sala común. Todos aquellos rumores diferentes, causaban una sensación tristísima. Empero, los pasos fueron haciéndose más lentos, y presto cesé de oírlos. No pude sufrir más aquella incertidumbre; estaba desesperado como un héroe de novela.

-¡Sea quien fuere -exclamé- quiero verle!

Tomé una luz, y subí con precipitación al número 13. La puerta estaba entornada, vacilé y... entré al fin. El cuarto estaba solo, y en él hallé una gran poltrona ante una mesa en que había un vaso vacío, y un número del Times. El ambiente olía mucho a queso de Flandes.

Era claro que el hombre misterioso estaba ya recogido. Me retiré pues, chasqueado, a otro cuarto con vista a la calle, en que me habían puesto. Al atravesar el corredor, vi un par de botas grandes y sucias en la puerta de la alcoba. No dudé que perteneciesen al desconocido, mas no osé incomodar a un hombre como él, ya acostado, pues podría dispararme un tiro, o hacerme algún daño peor. Acostéme pues, pero la irritación de mis nervios no me dejó dormir hasta la madrugada, y cuando lo conseguí, me persiguieron en sueños el caballero gordo y sus botas.

Quedéme dormido hasta las nueve de la mañana siguiente, que me despertó un ruido y tumulto en la posada, cuya causa no comprendí al principio, hasta que, habiéndome frotado los ojos, descubrí que una diligencia estaba a la puerta. De repente oí gritar desde abajo:

-El caballero ha dejado su paraguas. Traigan el paraguas del caballero del número 13.

Una criada subió corriendo la escalera, atravesó el corredor, y gritó:

-Aquí está. Aquí está el paraguas del caballero.

El misterioso extranjero iba, pues, a marchar, y ¡jamás se me presentaría otra ocasión de conocerle! Salté de la cama, corrí a la ventana, aparté la cortina precipitadamente y vi... la espalda de un hombre que entraba en el coche. Los faldones de su casaca se dividían formando ángulo, y me dejaron de frente la vasta trasera de unos pantalones musgos. Cerróse la portezuela, chasqueó el látigo, partió la diligencia, y [se] llevó consigo todas mis esperanzas de conocer jamás al caballero gordo.

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