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Carlos Victoria nació en Camagüey, Cuba, en 1950. En 1978 fue arrestado por la Seguridad del Estado cubana, que confiscó todos sus manuscritos. En 1980 abandonó la isla durante el éxodo del Mariel, y desde entonces sus narraciones han aparecido en Estados Unidos, Europa y América Latina. Ha publicado los libros de relatos Las sombras en la playa (Universal, 1992), El resbaloso y otros cuentos (Universal, 1997), El salón del ciego (Universal, 2004) y las novelas Puente en la oscuridad (Premio Letras de Oro, 1993), La travesía secreta (Universal, 1994) y La ruta del mago (Universal, 1997). La traversée secrete (Phébus, París, 2001) fue seleccionada como la mejor novela del mes de noviembre del 2001 por el Jurado del Premio al Mejor Libro Extranjero en Francia. La editorial estadounidense Pureplay Press publicó en el 2005 A bridge in darkness. Victoria vive en Miami, donde trabaja como redactor del periódico El Nuevo Herald.

 

LA HERENCIA

 

A Fernando y Miñuca Villaverde

 

Guardo entre mis objetos personales docenas de fotos de unos desconocidos, y ahora, al mudarme de casa, cuando debo decidir qué llevaré conmigo, no sé qué hacer con ellas. No tengo valor para condenarlas al cementerio vulgar de la basura, pero cargarlas significa también participar de una inmortalidad que no es la mía. Yo no soy Dios. Los recuerdos que muestran son ajenos, las memorias de un hombre que en su juventud vivió en París: fueron sus manos las que sujetaron la cámara, fueron sus dedos los que pulsaron una y otra vez el simple obturador para dejar constancia de esos rostros franceses, de ese cielo francés, de ese río que divide tenaz una ciudad que quiso ser, o fue, la capital del mundo. Al menos así quiso verla Ariel.

Yo lo iba a visitar en su lecho de muerte. Pero eso fue después. Yo lo iba a visitar cuando aún no estaba enfermo, o lo estaba, pero no como luego, cuando el mal se extendió por su cuerpo con saña peculiar.

Yo lo iba a visitar porque era mi paisano, porque ambos luchábamos contra el azote de nuestro alcoholismo —yo hacía cinco años que había dejado de beber cuando lo conocí, cuando me pidió ayuda para él también escapar del alcohol, a pesar de que ya en ese instante él sabía que estaba condenado a morir: los análisis habían delatado recientemente la presencia del virus—, porque era un hombre solo, sin familia, aferrado a los años de su niñez y su adolescencia en Cuba, y a los años de su juventud en Francia, donde esos rostros, esa gente desconocida sonríe perpetuamente desde la invariable prisión de las fotos: en cafés, en balcones, en plazas donde los árboles han perdido las hojas, en bancos junto al Sena, en los cimientos de la Torre Eiffel, en la escalera que sube al Sacré-Coeur.

Yo lo iba a visitar y lo escuchaba, sentado en la ventana que daba al río Miami, con su carga de barcos de proa oxidada que cabeceaban en el agua sucia, frente al puente levadizo donde los automóviles se apretaban en fila. Hacía calor. Me explicaba su vida en Camagüey, y a pesar de que hablaba de mi ciudad natal, su Camagüey era distinto al mío; pero yo comprendía que esa era su memoria, igual y diferente, evidente y oculta. Lo mismo ocurre con estas fotos donde reluce el Boulevard de Clichy, donde estos hombres brindan incesante-mente con cognac y vino: esta calle, esta gente, son también su memoria, y en vano trato de verlas como mías.

Sin embargo, allí están. Un joven marsellés —se llamaba Roland; Ariel me contó incluso pasajes de su vida— se inclina para acariciar un gato callejero en un café de Mont-parnasse. En la acera, una mujer que carga una maleta se dirige con prisa a un destino incierto. Roland sonríe; el gato se somete a una caricia que tal vez no deseaba. Los animales suelen disimular cuando tratan de conseguir algo; los animales mienten.

Ariel no. Aunque sí, tal vez mintió, al final de su vida. Sobre todo a sí mismo. Pero en su adolescencia exhibía su verdad: un muchacho fuera de lo común, con pelo largo y barba, para disgusto de sus ancianos padres, que veían en aquel hijo extraño el reflejo de la convulsa situación en Cuba en los años sesenta, como si todo pudiera explicarse por gobiernos o por filosofías. Ariel, harto de todo, abandonó su casa, frente a la catedral de Camagüey, al cumplir los diecisiete años. Le molestaban el patio colonial por el que transitaban gatos simuladores, las campanadas de la iglesia que llamaban a ritos en los que poca gente creía a esas alturas, la cruel maledicencia que se esparcía a través de la quieta capital de provincia.

Vivió en La Habana hasta el setenta y ocho. En el Parque Central conoció al marsellés que más tarde gestionó su partida de Cuba. Lo conoció en agosto; en La Habana estalla-ban el calor y la luz; la ciudad agrietada dejaba escapar polvo por sus hendiduras. Las noches en el cuarto del hotel donde se hospedaba el francés no eran parte de la realidad; las voces enronquecidas por el licor susurraban promesas, hacían planes sobre el futuro común en algún sitio del venerable continente europeo, mientras la lluvia lavaba los árboles y las inmundicias en el Paseo del Prado.

Era un joven hermoso, el marsellés, me decía Ariel mientras mostraba las fotos que le tomó unos años más tarde en Montmartre, a la salida de un espectáculo teatral chillón, rodeado de actores con facha de payasos.

Yo también era bien parecido, me aseguraba Ariel con un remoto orgullo, con la gastada vanidad de quien sabe que la vida se escapa. Podía mostrarme fotos de sí mismo, me repetía, si acaso yo dudaba. Yo le decía que no, que no era necesario, que a pesar de los estragos de la enfermedad (aunque los verdaderos estragos irrumpieron más tarde) me daba cuenta de que en efecto fue un hombre agraciado.

Roland me decía majo, guapo, me contaba Ariel, imitando el acento que el marsellés, un perpetuo viajero, había aprendido cuando vivía en Madrid (¿o había sido en Jaén, o en Toledo, o en Málaga?).

Yo lo escuchaba mientras observaba las aguas del río Miami, cubiertas por una capa oscura y aceitosa. Una nube irritante de mosquitos flotaba en el jardín, al pie de la ventana. A veces un barco pitaba con estruendo al cruzar bajo el puente.

Con el álbum abierto me explicaba las fotos, las mismas que yo repaso ahora: Notre-Dame con su hilera de santos de otros tiempos, representando la eternidad en piedra. Un grupo de franceses, amigos de Roland, ahítos después de una cena con queso y vino, se entusiasman porque un extranjero (Ariel siempre lo fue) les grita que sonrían al operar la cámara. Un burro rebuznaba mientras tomé esa foto, me contó Ariel. ¿Tú te imaginas, un burro cruzando la plaza frente a Notre-Dame? Así es París. Allí prosperan la variedad, la vida.

No siempre, sin embargo. Porque aquí, a la entrada del Louvre, Roland ya no es el mismo. Ha adelgazado, ha envejeci-do, a pesar de que sólo han transcurrido tres años entre esta foto y la del gato de Montparnasse. Roland oculta a medias su rostro demacrado con unas gigantescas gafas oscuras, como Elton John, o más bien como un hombre enfermo que protege su orgullo lastimado, que procura esconderse tras cristales, tras cualquier cosa que sirva de cortina. Eso fue hacia el final, me dijo Ariel. Creo que ésta fue la última foto. Luego no quiso retratarse más.

Muy diferentes son las fotos anteriores tomadas en Marsella, en este viaje por el sur de Francia, donde mujeres rechonchas, tías de Roland, respiran a sus anchas el aire espléndido del Mediterráneo. Un matrimonio se ha tendido con Roland y otro amigo a almorzar en la hierba, como en el cuadro de Manet, aunque la mujer se encuentra totalmente vestida; incluso se abriga con un chal. Ese invierno, uno de los más ásperos de los años ochenta, acaba de pasar, pero aún no puede hablarse de la llegada de la primavera. Luego descienden hasta un arroyo escoltado por piedras puntiagudas, donde abreva con parsimonia un caballo marrón. Más tarde cenan en la terraza de un viejo restaurante, en el medio del campo, frente a una fortaleza del siglo XIV que se levanta sobre una colina. Uno espera descubrir de repente, encima de una almena, el espectro de un señor feudal. Las botellas, las copas, brillan y chocan con su líquido que promete alegría. Después el mismo grupo retoza sobre un puente; el viento agita desmesuradamente los cabe-llos; las nubes cortan las cimas de las lomas; la carretera serpentea en la distancia. Las fotos en el puente están fuera de foco: Ariel se había pasado de tragos esa tarde.

Por la noche se desmayó, en el tren de Marsella, luego de haber insultado a una inofensiva pareja de italianos que viajaba con ellos. En la estación, Roland tuvo que pedir el auxilio de un guardia para llevarlo a rastras al taxi. En el hotel prometió abandonarlo si continuaba bebiendo de esa forma. Se había cansado de él, gritó Roland. Cubano ingrato, borrachín asqueroso, soûlaud, bordel, va te faire foutre!

Ariel juró no tomar más; cumplió su juramento por tres días. Pero a la larga Roland no lo dejó.

O mejor dicho, sí; lo abandonó al morir, luego que aquella rara enfermedad, aquella plaga de la que comenzaba a hablarse dondequiera, y que atacaba sobre todo a los que amaban como él, como ellos dos, devastó por completo su cuerpo; Ariel permaneció a su lado hasta el final, en el grisáceo hospital de París, del cual no hay fotos; a Ariel sólo le interesa-ba retratar el placer; por eso el álbum fue lo que dejó, lo que me encomendó. Me dijo, cuando apenas le quedaban fuerzas para hablar: Aquí lo tienes. Es la prueba de mi felicidad.

Y ahora que debo mudarme, me pregunto si es preciso que lleve conmigo esta prueba de su felicidad a cuestas. ¿La arrastraré conmigo, toda la vida? ¿Para probarle qué, a quién? Pero no me decido a condenar su álbum al cementerio vulgar de la basura. Lo miro, lo repaso y luego busco, entre esta multitud de rostros que jamás vi excepto en estas fotos, el de Ariel; es extraño que apenas se dejó retratar en esta época de plenitud; tal vez estaba demasiado ocupado en obtener imáge-nes; la avidez por su entorno lo hizo olvidarse de sí mismo; quizás esa vehemencia es la prueba más fuerte de su alegría.

Pero aquí está, en el centro de una nave de iglesia magistralmente iluminada. Por los vitrales de la Sainte-Chapelle penetra el sol que se deshace en arcos de colores. Ariel ha alzado el brazo, tal vez pidiéndole al fotógrafo que no lo retrate en ese instante, por el pudor de no mostrar su gozo; pero la cámara disparó, absorbiendo cada partícula de luz, cada rasgo; aquí está, en el centro de un sitio donde una vez los reyes doblaron sus rodillas; levanta el brazo, ríe, vivaz, iluminado, en la cresta de la ola, feliz con el amor que a la larga resultó ser mortal.

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