Dulce María Loynaz 
Isla RODEADA de mar por todas partes, soy isla asida al tallo de los vientos… Nadie escucha mi voz si rezo o grito: Puedo volar o hundirme… Puedo, a veces, morder mi cola en signo de Infinito. Soy tierra desgajándose… Hay momentos en que el agua me ciega y me acobarda, en que el agua es la muerte donde floto… Pero abierta a mareas y a ciclones, hinco en el mar raíz de pecho roto. Crezco del mar y muero de él… Me alzo ¡para volverme en nudos desatados…! ¡Me come un mar abatido por las alas de arcángeles sin cielo, naufragados! 
La hora Si crees que ya es hora despiértame del sueño en que te sueño, corta el hilo desovillado por un ciego que nada unió ni sujetó. Si crees que ya es hora no te detenga el raso de la tarde ni la lluvia cayendo en la alta noche, ni la flor por cuajar ni la cuajada. Si crees que ya es hora toma mi corazón tan vanamente aposentado y échalo a volar… No será menos, creo yo, que el viento o el ave que te canta en cada rama. 
Miel imprevista VOLVIÓ la abeja a mi rosal. Le dije: —Es tarde para mieles; aún me dura el invierno. Volvió la abeja… …Elije —le dije— otra dulzura, otra frescura inocente… (Era la abeja obscura y se obstinaba en la corola hueca…) ¡Clavó su sed sobre la rosa seca…! Y se fue cargada de dulzura… 
SONETO QUIERE el Amor Feliz —el que se posa poco…— arrancar un verso al alma oscura: ¿Cuándo la miel necesitó dulzura? ¿Quién esencia de pomo echa en la rosa? Quédese en hojarasca temblorosa lo que no pudo ser fruta madura: No se rima la dicha: se asegura desnuda de palabras, se reposa… Si el verso es sombra, ¿qué hace con el mío la luz?... Si es luz…, ¿la luz por qué lo extraña? ¡Quien besar puede, bese y deje el frío símbolo, el beso escrito!... ¡En la maraña del mapa no está el agua azul del río, ni se apoya en su nombre la montaña!… 
El madrigal de la muchacha coja ERA coja la niña Y aquélla Su cojera era como un ondulamiento de viento en un trigal… Era coja la doncella, trazaba eses de plata sobre el viento, hecha a no sé qué curva sideral… Cristal quebrado era la niña… Mella de rosas, por el pie quebrada (¡y sin cristal que la tuviera alzada!...): una rosa cortada que cae al suelo y que el que pasa huella. La niña cojeaba y su cojera en una sonrisa recataba sin acritud de llanto ni querella: Como la noche sella su honda herida de luz —alba o centella—, así sellaba ella la herida que en su pie se adivinaba… Nadie la hallara bella; pero había en ella como una huella celeste… Era coja la niña: Se hincó el pie con la punta de una estrella. 
Dulce María Loynaz (La Habana, 1902 – 1997) Publicó a los diez y siete años sus primeros poemas en La Nación, y este mismo año visitó los Estados Unidos y Europa. En 1950 publicó en El País y Excélsior sus crónicas semanales. También colaboró durante muchos años en las revistas Social, Grafos, Revista Cubana, Revista Bimestre Cubana y Orígenes así como en otras publicaciones periódicas tales como el Diario de la Marina y El Mundo. Fue electa miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras en 1951, y en 1959 lo fue de la Academia Cubana de la Lengua y de la Real Academia Española de la Lengua en 1968. A partir de su último libro de poesías publicado en 1959 Últimos días de una casa, se encerró a resistir en su residencia habanera del Vedado y enfrentó a pie firme la indiferencia y aún la hostilidad oficial hasta que en 1987 le fue concedido el Premio Nacional de Literatura. Con posterioridad, se le concedió el premio de la crítica en 1991, pese a haberse convertido para entonces en poco menos que una desconocida del público de su país. En 1992 España le adjudicó su premio Miguel de Cervantes y a partir de entonces su nombre y su obra volvieron a mencionarse dentro y fuera de Cuba con insistencia. Antes de la entronización castrista Dulce María Loynaz había sido de las figuras literarias e intelectuales más conocidas y respetadas de Cuba, y había recibido muchos premios y reconocimientos tanto nacionales como internacionales. |