| Guillermo: exorcismo y esgrima
Matías Monte Huidobro Por razones de edad y coincidencias en el espacio geográfico e histórico habanero, me encuentro entre los pocos escritores todavía sobrevivientes que conocieron a Guillermo Cabrera Infante —recientemente fallecido— desde épocas tan distantes como fines de los años cuarenta, cuando asistíamos a las aulas del Instituto Número Uno de La Habana. No podría decir como decía Martí de Fermín Valdés Domínguez, aquello de "te di mi corazón", porque mi corazón sólo se lo he dado a Yara, pero fue una amistad intensa y tumultuosa ya que Guillermo nunca fue una persona fácil. Su mordacidad, su brillante manejo del lenguaje, su agudeza, la entrenó siempre desde aquellos años, a veces con cierto grado de crueldad, entre sus amigos y los que no lo eran, pero ciertamente su personalidad se imponía como una sacudida. De esta forma, ejercía entre todos una fuerza hipnótica de atracción o de rechazo, de todo o nada, sin términos medios, que mantuvo durante toda su vida.
Me empeñaba en afirmar, y se lo dije y él me lo negaba, en conversaciones noctámbulas por el malecón habanero, que detrás de aquel abrazo del amigo que tenía a veces la textura del erizo (y la imagen creo que es de él), se escondía una más íntima y más cálida. Creía que aquel juego de palabras, cuya superficie divertida es más aparente que real, era la corteza externa mediante la cual Guillermo se protegía de la crueldad de los otros, manejando su destreza verbal con mano maestra, porque sólo así se puede sobrevivir al enemigo. Si no hubiera razones más profundas, sólo por ello yo lo admiro, y no escribo esto a modo de panegírico, que un escritor de su estatura no lo necesita. A niveles críticos, mi interés en su obra no es de última hora, y le he dedicado tres ensayos en mi libro La narrativa cubana entre la memoria y el olvido, mostrando mi preferencia por su Vista del amanecer en el trópico, texto más desnudo, donde la ética y la estética del novelista culminan y en la cual deja constancia fílmico-narrativa de su dolor por Cuba.
De Zulueta (donde él vivía) a Malecón 13 (donde vivía yo), y adonde ,Guillermo, su hermano Sabá y Néstor Almendros iban a ver los carnavales; entre la cinemateca y todos los cines habaneros donde se formaba una generación que era fílmicamente anticomunista, abierta tanto a Hollywood como al cine europeo; después en el seminario "El cine: industria y arte de nuestro tiempo", donde el talento de Guillermo se convirtió en la pesadilla de Valdés Rodríguez (el genio vs. la mediocridad), transcurría aquel tiempo nunca perdido de una marginalidad de vanguardia (en muchos sentidos), en medio de la cual una "nueva generación" (que así se llamaba una revista que fundó Carlos Franqui y de la que fui cofundador), crecíamos hermanados en el útero matriarcal de Zoila Infante, nuestra Greta Garbo de Gibara, dentro del cual muchos de nosotros nos gestábamos.
Con su técnica de esgrimista del lenguaje, logró enterrarle la espada e infligir heridas graves a la cultura oficial, que ha quedado maltrecha de tal modo que nuncas e lo han perdonado, porque al cuerpo del escritor podrán enterrarlo o convertirlo en cenizas, pero el lenguaje de la escritura, que nunca descansa en paz, no hay quien lo entierre, incluyendo el más feroz de los tiranos. Esa permanencia del texto que no transige, unida a reconocimientos de mayor monta (me refiero al Premio Cervantes) no hacen de Guillermo Cabrera Infante, entre los escritores "embarcados" en este exilio, una pérdida irreparable, sino un logro permanente.
Vi a Guillermo por última vez hace algunos años, en casa del poeta Fernando Palenzuela, porque viviendo Guillermo en Londres y yo en Hawai, a Yara (mi esposa) y a Miriam (la de él) les pareció una buena idea planear un encuentro. Se suscitó el tema de quién había sido más pobre en Cuba, si él o yo. Sólo a dos alucinados se les podía ocurrir discutir asunto semejante y tan poco cubano, porque los cubanos no compiten por no tener, sino por haber tenido. La discusión fue absurda y pueril, violenta y encarnizada, peleamos como alacranes azules. Regresábamos a la adolescencia. En cierto modo, en nuestra puerilidad, que me remontaba a tiempos que hoy parecen más felices, es como me gusta recordarlo.
| |