![]() | ||
| |||
Oficio, mercaderes y virtudes I Felipe Holston tenía una virtud, única en su clase: hallar lo extraordinario hasta en lo más ordinario. No afirmo que se tratara de su única virtud, pero creo que nos hubiera dado lo mismo con tal de que siguiera poseyendo aquella cualidad suya. Y hasta era común pensarlo de una sola pieza, como poseedor de una virtud que resumía todas las demás. Era nuestro arquetipo. Que sus demás cualidades concurrieran a hacerse una sola, o que se nos escaparan aquéllas que no guardaban relación con su rasgo más acusado, ya no podría decirlo con certeza. Creo que ninguno otro podría decirlo tampoco.
Parte del encanto (y causa de la fascinación que por él sentíamos) tenía que ver con el proyecto de escribir una novela. (Decir “proyecto” resulta algo equívoco pues sugiere que algo espera a ser dotado de materia inmediata en la posposición calculada -y calculadora- de un futuro más o menos distante. Y no. Se trataba de un proyecto que iba haciéndose en la cotidianidad de nuestras vidas, rescatándolas de sus abismos individuales o compartidos. Era Felipe, pero también nosotros con él, quienes escribíamos esa novela que estaba por escribirse). Para ayudar en el empeño tomábamos nota de cuánta cosa singular, curiosa o interesante pudiéramos servirnos -a veces, literalmente, anotándolas-, refiriéndolas incesantemente con tonos y en circunstancias diferentes, insuflándoles nuestro entusiasmo juvenil. Era evidente, sin embargo, que se trataba de la novela de Felipe. Nosotros éramos los notarios, los compiladores de datos; los colaboradores, y, en última instancia los protagonistas y actores de su novela. Porque ninguno entre nosotros poseía aquel don de magia para transformar lo anodino, -lo francamente mediocre- en materia poética novelable, en literatura. Nuestros apuntes eran, bien mirado, de una desesperante medianía, como que tomábamos nuestras apuntaciones de la realidad inmediata. Felipe tenía el don de hacernos ver entonces, el distendido dramatismo, la tragicomedia latente en nuestros pobres hallazgos. Y luego, al día siguiente, u otro día, nos los devolvía transformados en otros hallazgos, que a su vez se irían transformando -enriqueciéndose, decía él- en nuevos hallazgos comunes a todos, a medida que las hojas escritas con una caligrafía impecable por la mano de Felipe, se llenaban de nuevos apuntes, observaciones, comentarios de todas las manos. Paradójicamente, y sin siquiera habérnoslo propuesto, creábamos solidariamente -y con verdadero entusiasmo- algo así como el prototipo de la novela escrita en colectivo. Un éxito de colaboración irrepetible por medios más coercitivos y ortodoxos. | ||