CAPÍTULO I
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Como un papel al viento, ha volado mi alma
sin objeto
Entre los alambres de alta tensión
anda enredada,
la cometa de mi alma.

 

Entre los estudiantes de la “Escuela de Letras” se habló de “imágenes más apropiadas”; “a tono con los pronunciamientos de la Biblioteca Nacional”; de “metáforas que podían y no podían emplearse en la poesía actual, en nuestra literatura”; de “realidades distintas” que “requerían un nuevo lenguaje”; de “compromiso” y “literatura comprometida”; de “mediocridad intolerable” –lo que parecía sugerir que podía ser tolerado otro género de mediocridad-, y al cabo el poema nunca llegó a ser publicado, a pesar de que en el mismo número de la revista aparecía un poema del escritor uruguayo Mario Mangiafuoco, donde se leía:

 

gente que ha vendido su alma por buen precio
Despreciable por eso, y otras cosas...

 

Versos estos que muy bien pudiéramos haber suscrito todos, pero que se nos antojaban una burla, o un acertijo indescifrable, –o simplemente una impostura– pro-viniendo del uruguayo, cuyas posiciones y declaraciones políticas conocíamos bien. Ya para entonces habíamos dejado de considerarle un profeta confundido por su propio don de palabra, para tenerlo por un oportunista avezado y consuetudinario. Que se publicara aquel texto suyo, empero su utilización de la palabra objetable, a la vez que se suprimía el poema de alguien de los nuestros condenado por este uso, aún conseguía llenarnos de juvenil consternación. Por algún tiempo –muy breve, en todo caso– consideramos incluso la necesidad de una confrontación (que nos obstinábamos en llamar “revolucionaria”) a fin de obtener alguna explicación satisfactoria, y la reparación que suponía publicar en el siguiente número de nuestra revista el poema de Irma. No sé cuándo nos dimos cuenta de que en verdad nunca se había tratado de nuestra revista. Pero dejamos allí el asunto. Fue por entonces que dimos en editar nuestro periódico El Sol, que consistía de una sola hoja impresa, y cuya vida fue celebrada a su muerte y celebrada en un editorial memorable a nuestro parecer, mediante el cual se anunciaba también que al ponerse El sol, aparecería en breve El Topo, publicación subterránea de vocación sumergida. Pero todo esto ocurriría después.

Felipe observó que el poema del sudamericano demostraba oficio. No había en él ni el menor indicio de inspiración, pero quedaba oficio. El escritor uruguayo era un buen escritor, eso no debíamos de negarlo. (Felipe se oponía a las reacciones en redondo, por otra parte tan similares a las oficiales que llegaban a negarle la sal y el agua hasta al mismísimo Neruda, a causa de algún ajuste de cuentas político). Era mejor incluso -observó- que otros escritores de su propia vertiente paleológica, los cuales sin embargo, gozaban de mayor reconocimiento. Nuestro poema –dijo, refiriéndose al de Irma– tenía más inspiración. No es que le faltara oficio del todo, incluso convenía a su tono cierto desaliño, pero estaba definitivamente fuera del conjunto. A instancias suyas, nos dimos a revisar el número de la revista.