| María Carrillo López 
Una vez a la semana
Mi padre me alecciona Como último recurso Como la única amarra
Me pide que vuelva Que quiere nietos Antes de los sesenta
Una vez a la semana
Mi madre duerme sola Vive sola Se enferma sola Y me cuenta de la gente que ocupa sus silencios
Una vez a la semana
Mi hermana me habla tan claro Que olvido que es mi hermana
Una vez a la semana hago la ronda por mi agenda Buscando victimas que paguen por mi nostalgia. María Carrillo López (Barcelona, 1979) ha cursado estudios de Filología Inglesa en la Universidad de Cádiz. Asimismo ha hecho estudios en Irlanda y en Alemania, como becada de la universidad gaditana. En Londres terminó un postgrado en Pedagogía, y actualmente estudia un Master en Literatura Española en la Villanova University, en Philadelphia. Poemas suyos han aparecido hasta el presente en revistas universitarias de aquí y de allá. ¡Tome usted nota de una nueva voz, y del acento con que nos llega! 
Carlos Trujillo
 (1)
¿qué hace la palabra que queda afuera del poema Y qué, el espacio que se negó a crecer? ¿Y la palabra que no fue elegida, vuélvese canto o silencio? ¿Y el silencio que no alcanzó lugar? ¿Qué se hizo de él?
(2)
Somos lo que somos Borradores de lo que deseamos ser.
(3)
¿Y si abriendo la puerta me encontrara conmigo y no me viera? Carlos Trujillo, 1950, (Chile). Entre sus muchas publicaciones se encuentran Palabras, (2005), de donde hemos tomado las muestras anteriores, Las musas desvaídas (1977), Escrito sobre un balancín (1979), Los territorios (1982). Los que no vemos debajo del agua (1986) y Mis límites (antología poética 1974 – 1983), de 1992. 
Orlando Rossardi
 Déjà vu
Este verso es de otro sitio. Le he visto con su cuerpo entero echando letras, y le he tenido antes fisgoneándome la mano, que echa a andar por las estrofas.
Este verso es, entonces, de otro sitio más lejano.
Si ya fue, si ya lo he visto, ¿Qué será de este poema cuando diga lo que debo decir al terminarlo, cuando haya escrito, concluyendo —como lo hago ahora— esta pregunta? ¿Acaso el fin exacto en que comienza? Me acuerdo de mí
Me acuerdo de mí cuando me quedo solo a trastearme completas las heridas. De mí me acuerdo cuando me entrego a melodiar conmigo, solo, y me meto a gigoló conmigo mismo, y me paso largo rato mirando embelesado los percheros.
Me gritan las rendijas de las puertas, me miran los espejos y me hacen carantoñas, me increpan las llaves del armario y me asaltan, sudorosas, vasijas y cazuelas.
Cuando ya no hay prisas y el final del día es para mí solo —son su sombra y con su frío—, también de mí me acuerdo, y me pongo a conversar con cuatro sillas, y me hablo en voz alta del trabajo, y luego, si estoy de suerte, me invito a andar conmigo de paseo por las calles, para hacer vivo y rampante el rumor mío —a medida de la vida exacta— con su nota más luciente de alegría.
Me acuerdo, sin lugar a dudas, de mí cuando estoy solo. Y solo, con la noche, me resbalo recobrado el sueño; y por el sueño también de mí me acuerdo.
Orlando Rossardi (Cuba, 1938), autor de una extensa y valiosa obra poética que comprende entre otros libros El diámetro y lo estero, (1964), Que voy de vuelo, (1970), Los espacios llenos (1991) y Memoria de mí, primer cuaderno, (1996), (del cual proceden los poemas anteriores), es también el antólogo y editor de La última poesía cubana, libro que marcó pautas editoriales (aún no superadas y aunque emuladas luego, no siempre con el mismo acierto), al incluir por primera vez autores cubanos residentes en Cuba, fueran colaboradores o no del régimen de Castro, y aquellos que vivían fuera del país como exiliados políticos del régimen. El rigor de la selección que hizo Rossardi hacen de este libro de 1973 un texto de obligada consulta para quienes estudien con rigor la poesía cubana entre 1959 y 1973. Felipe Pichardo Moya
Ruptura
Todos los muebles Me han sonreído esta tarde. Y el sol Era la única cosa imparcial Que había en la habitación.
(En la mesa de noche El corazón del Big — Ben Lleno de optimismo, se creía Que la simpatía era para él)
¿Sabrán todas las cosas Que ya no volverás, y tu recuerdo Esta noche me aullará en las sombras?
Pues que sepan Que no te necesito para nada.
Yo, lo mismo que ellas, He de estar vivo todavía en el Alba.
La amiga muerta
Aquí, bajo esta losa está su cuerpo. Breve Fue su vida, a manera de una vida de rosa. Murió, tranquilamente, una noche lluviosa: Veinte y ocho de agosto del novecientos nueve.
Me acuerdo de ella cuando constantemente llueve Y de su última noche, tan larga y angustiosa: Una fiebre que sube... Un sudor... Una cosa... El cura... ¡Y una vida que deshoja leve!
Así murió, a mediados de una larga semana, Y la enterramos un viernes por la mañana. Aún llovía. Era un húmedo tiempo de luna nueva.
Dijimos todos: “Nunca, nunca la olvidaremos; Tan buena como era”... Y para que hoy pensemos En su vida y su muerte, es preciso que llueva. La garza
He matado una garza! Lo confieso, Señor. En el cristal del aire, toda blanca Y como transparente bajo el Sol, Yo la vi que cruzaba Y la maté, Señor.
En el silencio de la tarde, alta, Muy alta, ella pasó. Como una fina flecha se aguzaba Sabe Dios hacia dónde... ¡Sabe Dios! Y sin saber por qué me eché a la cara la escopeta sacrílega, Señor. Y la carga de plomo fue a la garza, Y la garza cayó.
Cayó como el pañuelo de una amada Que nos dijese adiós... Y luego, al acercarme donde estaba, En la tierra cubierta de verdor, Rotas, con sangre, le encontré las alas Y una herida feroz Sobre las plumas blancas Era como una mueca de dolor...
¡Y yo fui quien mató a la garza! ¿Sabría ella que había sido yo?
Oh, dime, dime que no vio mi arma, Oh, dímelo, Señor, Que yo le lavaré las plumas blancas, Le cerraré la herida del pulmón, Y en el silencio de las tardes claras
Yo le pondré, Señor, Mis pensamientos a sus muertas alas Para que vaya a donde no llegó...
Mas dime, dime que no vio mi arma, Oh, dímelo, Señor: Yo te prometo que daré a la garza Mi propio corazón! Felipe Pichardo Moya, (Cuba, 1892 - 1957). Poeta, autor dramático, periodista, arqueólogo y primer editor y comentarista del Espejo de Paciencia, poema épico de Silvestre de Balboa Troya y Quesada con que se inicia al parecer la literatura cubana, fue hombre de gran talento e integridad intelectual. A los diecisiete años funda en la capital del país, en unión de su coterráneo Mariano Brull y otros como Chacón y Calvo, Salvador Salazar, Luis Baralt y Sánchez Galarraga, la Sociedad Filomática de Conferencias, y a partir de entonces desarrolla una amplia e incesante actividad cultural que lo lleva una y otra vez de la capital del país a su Camagüey natal. Entre sus obras se hallan El Camagüey precolombino: caverna, costa y meseta (1945), Los indios de Cuba en sus tiempos históricos (1945), Cuba precolombina (1956) y Los aborígenes de las Antillas (1956) publicado poco antes de su muerte por el Fondo de Cultura Económica de México. Entre sus obras de teatro se encuentran Alas que nacen, Agüeibaná, La oración y Esteros del sur. En 1942 dio a la luz su estudio sobre el Espejo de paciencia que acompañaba a la edición de este poema épico, y asimismo el titulado La cubanidad de nuestra poesía anterior a Heredia. Su obra poética se halla en su mayoría dispersa en revistas y otras publicaciones periódicas. Sólo en 1925 publicó La ciudad de los espejos y otros poemas, pero su obra ya había circulado ampliamente entre sus congéneres. Poemas suyos como “La comparsa” y “Filosofía del bronce” no constituyen excepciones temáticas en su obra, y por otra parte anticipan el apogeo ulterior de la poesía afronegrista. De su poema “La amiga muerta”, temprana muestra de intimismo, se cuenta que Federico de Onís, quien por entonces enseñaba en la Universidad de Columbia, escribió en la pizarra este soneto y lo presentó a varios hombres de letra del continente como ejemplo de “gran poesía de lo cotidiano”. El soneto evoca otro poema muy posterior del gran poeta chileno Nicanor Parra donde también se evoca a una amiga muerta, aunque ésta sea una evocación muy a lo Parra, y recuerda sin dudas, al César Vallejo que escribe en “La violencia de las horas” (Poemas humanos) «murió mi cuñado (...) de quien me acuerdo/ cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia». Por pura coincidencia Vallejo y Pichardo Moya nacieron el mismo año, pero el poema de este último antecede en muchos años al del peruano. Pichardo Moya se desempeñó igualmente como Jefe de Redacción de Gráfico, y Redactor de la Revista de Avance. Igualmente colaboró en El Heraldo de Cuba, Letras, Social y El Fígaro entre otras publicaciones de gran prestigio. Oswaldo Roses SIEMPRE ESTÁS LEJOS
Aunque no estés, al viento lanzo el sueño porque lo lleve el mar hasta tu lado; sólo quiero, ¡por Dios corazonado! que nuestro amor ya salga de pequeño.
Me persigo la miel y la consigo porque no dé contra el dolor que crece; la aguantaré, pues, donde no fenece, luego hechizándola a un sol de trigo.
Ay, ¿qué he de hacer yo, dí, por lo cercano pronto por alcanzar lo más lejano?; tú allí, mientras yo entre lo afligido
vivo luchando todo lo que puedo, luchando contra la ira y contra el miedo, ciego sonriendo a lo que está perdido.
SI NO TE NOMBRO
¡Qué poca es hoy la perfección si no te nombro, si no llego, amor, al ansia de tu nombre con un reclamo de candor, credo de cuerpo, ilusión por el todo aliento, a todo hombre!
Sólo para decirlo he caminado tierras marítimas, océanos aleteantes y terrestres, profundas miradas que arraigan pasión lejana hasta las primeras sangres.
¡Qué álbum descubierto es hoy esta esperanza tras tanta amanecida al paso, tanto anhelo que entre su avanzar se me extiende a abrazos cuando hacia ti avanzo, cruzo tus recuerdos!
¡Cuánto primor se ha permitido, esos signos que clamando temblaron más por el crepúsculo, por una lágrima inmortal, por una sombra en la secreta y musical niñez del mundo!
Pero... porque ya estás en mí vale y me basta, y con eso las flores valen sus aromas, no sé olvidarlo, porque no, no sé matarlo, contiene esas formas.
Tú eres lo que nombra lo que es un autillo o un río o un enamorado que los lleva, los fértiles presagios, los rumbos por algo, así las cosas -por su afán-, así se aferran.
Como tú eres es tu nombre que no cansa, ofrenda de la luz, dulzura que es de niña y con ella vas como el que entra en su causa rezándoles a los silencios y a la vida.
Oswaldo Roses. Narrador, poeta, y ensayista, nació en Málaga, España, en 1965. Es autor de los títulos CANTOS DE SANGRE, Ediciones Rondas, Barcelona, 1984 y LA MUERTE MÁS DIFÍCIL, Ediciones Torre Tavira, Cádiz, 1994. Difunde actualmente su obra de pensamiento en los periódicos digitales La otra voz, Nuestra bandera, Ojo crítico, Crónica y análisis, y La grilla, entre otros. Ha ganado los premios «Encina de la cañada» (Madrid), «Ángel Martínez Baigorri» (Navarra), y «Ciudad de Lucena» de poesía. Escribe regularmente una columna para las revistas digitales Red y Acción, La Bisagra, Triplov, Arte Literal, Destino-X, y para el suplemento El Rincón del Gato Literario del taller TALLEREANDO. Forma parte de la redacción de DOMIST y del suplemento literario Torre Tavira, de Cádiz. Sus colaboraciones aparecen asimismo en Gente con talento de Colombia y Opinatio de la revista Casi Nada.
Obras suyas han aparecido en las revistas Casa de Las Américas (Cuba), La Palabra y el hombre (México), Signo (Bolivia) y Repertorio americano (Costa Rica). Ha sido incluido en Nueva Poesía Hispanoamericana, Editorial «Lord Byron», Lima, 2004 y recientemente ha ganado el XIX Certamen de poesía «Villa de Monesterio» (2005), que convoca la Universidad Popular de esta localidad. Rolando Morelli I
Olorosas Sin rendir su fuego ni el otoño Su redondez entrando en todas partes Las mandarinas quedan todavía suspensas del calvario de una rama conque se azota el viento, cuando ya el viento es ido y de la rama queda apenas un comienzo de verde renovado
Se adivina por ellas el ramaje, donde la flor ya se insinúa pero dispone aún de ese mañana en que sueña, remota, ya haber sido II Dudas, certezas...
La convicción del teléfono a esta hora cualquiera, adueñándose del bien guardado silencio de la sala Re pitiendo su demanda de auxilio Una promesa, quizás.
La convicción de que alguien, -¿cómo saber de quién se trata?- espera de nosotros palabras o silencios como un río tributario espera (siempre revueltas mansedumbres y certezas
¿Será el amado quien insiste a esta hora tan noche?
¿O será un amigo?
¿Será quizás, la amiga que prometió venir, pero está siempre?
¿O el computador, tal vez, que insiste en que le compre un sueño a precio módico?
¿Quién habrá sido, después, el que llamaba cuando nadie responde, y sigue allí su gesto posiblemente aún esperando sin saberlo? III
Límites "Sólo la voz humana tiene límites"
V. Aleixandre
Más acá de todo se pierden las palabras Ahora, por ejemplo, no sé qué estoy diciendo ¿Quién por mí lo sabe? Y sin rozar un límite que persistentemente ignoran, un confín al parecer lejano, se pierden
¿A dónde irán las cosas que se dicen? ¿A qué lugar remoto que no alcanzo?
No hay si no límites que la voz se empecina en ignorar
Ignora que la súplica no llega a su destino Un gavilán de indiferencia O tal vez: la fatiga la abaten en su vuelo Y ni siquiera telegramas, poemas, cartas llegan nunca
Sólo la voz humana tiene límites que desconoce Condición de estrella que se apaga y llega tarde con su luz a otro universo
¿A quién van mis palabras? Éstas que musito ¿Quién me escucha aún?
En la insondable nada se deshacen y caen sin dejar huellas
IV Canto de adolescencia Si una tarde vinieras dulcemente y dulcemente te fueras otra tarde cualquiera pero nunca con manos tan monstruosas como alas de murciélago ni sin pies andariegos e incansables Si volvieras de nuevo sin palabras confusas ni atardeceres largos larga agonía lechosa de un cielo que no pasa Si de nuevo vinieras tal vez y te quedaras sin esa persistente tristeza como un gotear del alma qué dulce hubiera(s) sido Memorarte Qué distinto | |