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Aldabón, Perrín y los otros II Aldabón se ha vuelto viejo. Asombra lo muy viejo que se halla para quienes lo dejaron de ver hace ya algún tiempo y vuelven a verlo ahora. (Los perros cumplen años de seis en uno, es decir, que por cada año que pasa para una persona, para un perro es lo mismo que si pasaran seis). Casi nunca nos damos cuenta de que un perro ha envejecido hasta que un día, así de rataplán, nos damos cuenta. Aldabón es ahora un perro viejo, cansado por el peso de sus muchos años, más no rendido. ¡Eso, no! Los que regresan se sienten un poco decepcionados de que el bueno de Aldabón no corra a recibirlos agitando la cola como solía hacer todavía, un poco antes. A pesar de la fatiga de su mirada apagada, hay en ella un chispazo de inteligencia. Y se alegra, naturalmente que se alegra, al distinguir a los que vuelven y al reconocerlos por entre la bruma de sus ojos. Aldabón da unos pasos -apenas unos pasos- hacia ellos, e inevitablemente tropieza consigo mismo, se enreda con sus propias pisadas y cae pesadamente como un fardo sobre el enlosado. Los chicos no lo reconocen, no quieren reconocer a su perro Aldabón en este perro viejo y torpe que les ha salido al paso. Sólo Felipe siente pena de él y la pena que lo aflige lo obliga a echarse junto a él y a acariciarle la cabeza. Bueno, a lo mejor también los otros sientan pena, pero no lo demuestran o se engañan a sí mismos. Tal vez por eso, la madre se anima a decir aquello de lo que ya antes han estado conversando ella y el padre: -¡Pobre Aldabón! Será mejor que le pidamos al veterinario que lo haga descansar ya. Está muy viejo. ¡Viejo y enfermo! Aunque le abrume el cuello, y las patas le flaqueen y pueda contar por las puntadas de dolor de sus huesos, cuántos hay en su armadura, Aldabón mantiene enhiesta la cabeza todo lo que le es posible. Las orejas, mustias como dos hojas de col que hubieran caído sobre su cabeza, una a cada lado de la cara, le cubren los oídos y le impiden oír bien. La clavija que antes solía mover las orejas -guatacas, las llaman algunos- debe haberse atascado o desasido en cualquier lugar. A lo mejor se ha roto el perno diminuto que seguramente conectaba las orejas a un resorte. Él no lo sabe. Los perros no saben de estas cosas, lo cual no quiere decir que no sepan de otras, por supuesto. Pero de éstas, lo que es de éstas, no saben. Hay algo de dignidad, en su esfuerzo por mantener la cabeza firmemente erguida. De eso, sí que algo conoce él, pese a que pueda pensarse -y muchos lo piensen así- que eso de la dignidad no es cosa que alcance al entendimiento de los perros. ¡Si lo sabrá él bien! En sus muchos años ha visto él toda clase de gente y de perros, y a unos y otros los ha visto ser dignos o indignos por igual. Tal vez sea cosa de temperamento, o de auto-estima o quién sabe de qué. A tanto no llega su comprensión, pero eso de la dignidad es algo que él siente en los huesos lo mismo que sus achaques, y no se lleva con uno por comodidad o por conveniencia. Tal vez sea un perro un poco raro. Pero otros ha habido -se dice-, por eso, no toma a mal que los padres hayan pensado en llevarlo al veterinario para que lo ponga ya a descansar. Él no lo pide. Está dispuesto a llevar del mejor modo posible esta vida hasta que llegue el momento de no estar más entre los otros miembros de esta familia, pero entiende que para ellos se haga aún más difícil que para él mismo verlo en su estado. Aún no ha tenido tiempo de ponerse triste a causa de la noticia que acaba de recibir -o por lo menos- de escuchar cuando le era comunicada por la madre a los chicos. Como a ellos no les pasa por la cabeza que él pueda comprender una cosa tan complicada como debe ser aquélla de la muerte, se permiten hablar del asunto delante del viejo Aldabón como si se tratara de otra cosa cualquiera que no le estuviera deparada. Cuando la muerte está próxima, o como suele decirse “cuando la muerte nos ronda”, uno comienza a pensar en la muerte, que es también un modo de pensar en la vida. ¡En la vida que hemos vivido! ¡En lo que significa eso de morirse uno! Y cosas semejantes. Su abuela Medialuna -así llamada porque llevaba sobre la cabeza, como una corona que la distinguía y exaltaba, una luna en creciente- que fue la única persona de su familia a la que alcanzó a conocer bien, le instruyó alguna vez respecto a esta cuestión de la vida y la muerte, diciéndole que se trataba nada más y nada menos que de dos estaciones en medio de un viaje que requería muchas paradas. Ahora, él pensaba en lo que había representado la despedida de los chicos tanto tiempo atrás, cuando estos marcharon a algún lugar para estudiar o cosa así. Al volver, después de tanta ausencia, era como si comenzara otra etapa de aquel viaje. Bueno, era así o algo parecido. La muerte no lo asustaba. Los perros tienen familiaridad con la muerte. Algunos hay, asustadizos, que se ponen a aullar no más de verla, pero él no era uno de esos perros cobardes. Además, alguna vez había tenido ella la gentileza de hacerle una caricia con sus dedos descarnados, aptos como pocos para tal faena. Ella, o él, porque la muerte era un esqueleto en los puros huesos, cubiertos éstos apenas con un manto raído terciado al hombro, y no podía así como así saberse si era ella o él, ni importaba saberlo tampoco. Pues bien, él podía recordar a la muerte, y ella, ella quién sabe también lo recordara a él. ¿Qué más daba pues, morirse? Le intrigaba saber más que nada a qué lugares le conduciría la nueva etapa de su viaje. Bien sabía él que primero tendría que desarroparse de cuánto llevaba encima. Bueno, esto no le correspondía a él hacerlo, sino a la muerte. Como si se tratara de una enfermera compasiva y diestra en su función, ella lo descarnaría en un dos por tres y luego... Bueno, para eso estaba ahí la muerte, para guiarlo. Bien visto, la muerte no sólo actuaba la parte de una enfermera solícita y experta, sino que se trataba de un guía insuperable, conocedor como nadie del camino que estaba por delante, y al cuál se hacía obligado mandarlo siempre para que ninguno pudiera perderse. Aldabón meditaba ahora en estas cosas. Su abuela Medialuna lo había preparado sin que él lo sospechara entonces, para cuando este momento llegara. Al fin, el momento había llegado, según le parecía. Un cruce de muchas razas juntaba en su sangre un linaje que a él le parecía distinguido, o al menos lo hacía sentirse orgulloso de su estirpe. Oh, sí, era la suya una sangre numerosa como un torrente, y que de tan lejos venía como el agua que surge de la tierra y anda un trecho interminable de infinitas estrellas, lunas y soles. Ana María bajó las escaleras y se echó junto a él, en lugar de llamarlo o intentar arrastrarlo a ningún lugar. Había en sus ojos una indeterminación que él no supo leer. -Quiero que me digas... ¡Bueno, al grano! Que me digas si ya es tiempo o si... Quiero decir, ¿tan mal estás? Porque yo... ¡Vamos! Claro que si tú así lo prefieres, pues eso... ¡Entonces no hay nada más que pensar! Pero si tú quisieras quedarte todavía un poco más... entre nosotros... Aldabón se sintió conmovido y a la vez desconcertado. En cierto modo, las palabras de la madre le habían traído al cuerpo cierto alivio. La seguridad de que no tendría él mismo nada que decidir. Echarse a morir, como solía decirse, no era su estilo. No. Eso no iba bien con su personalidad. Pero si la decisión ya estaba tomada o parecía proceder de una determinación que no procedía de él, el hecho lo aliviaba y permitía dedicar todo el tiempo que aún le quedaba para prepararse y pensar en el gran paso que lo aguardaba. Ana María con sus emociones venía a complicar un poco las cosas, pero también ella tenía derecho a sentir del modo como sentía. Al fin y al cabo, aunque se tratara de la muerte de él y no de la de ella, la muerte de un ser querido -y él seguramente lo era- no podía dejarse únicamente a consideraciones prácticas de ninguna índole. El asunto era en verdad complicado y tenía un efecto sobre los que lo rodeaban, y se ramificaba. De las palabras de Ana María, Aldabón sacó en claro que ella no estaba convencida de que los padres pensaran primero en lo que resultaba mejor y más conveniente para él. A lo mejor, juzgaba Ana María -que no podía resignarse a perderlo por nada del mundo- eran ellos mismos en quienes primero pensaban. Aunque no lo dijeran, tal vez estaban hartos de vérselas con él, de contemplar su cuerpo roto, su piel suelta sobre el esqueleto, sus ojos lacrimosos. Y pensaba también Ana María -sintiéndose culpable por ello- que a lo mejor por haberlo abandonado para irse lejos el pobre Aldabón estaba como estaba. Él hubiera querido arreglarle la cabeza a la pobrecita de Ana María mediante sus propios razonamientos, pero no estaba mejor su cabeza, ahora que la sentimentalidad de Ana María había conseguido conmoverlo también y, confundirlo de buena manera. -Mira bien, chica -comenzó a decirle- no es cosa de ponerse tan triste. Ahora me toca a mí irme de viaje como hace algún tiempo hicieron ustedes. ¡Obligaciones! ¡Deberes! ¡En fin...! ¡Que más tarde o más temprano..., pero el tiempo ha llegado! Claro que este será un viaje más prolongado que el de ustedes, y... Bueno, sí, que no habrá regreso. Pero estoy seguro de que algún día, en otro lugar nos encontraremos, y entonces será alegrarnos todos que dé gusto. Así es que, no tienes porqué tomarlo a la tremenda, chica. ¡Claro que yo también te quiero mucho! Todo esto pensó y algo de ello consiguió transmitir a la desconsolada Ana María. Pensando, naturalmente en la aflicción de los chicos, y en la suya propia, la madre fue de la idea de traer a casa un cachorro al que se irían acostumbrando todos, antes de despedirse de Aldabón. De todas maneras, la cita con el veterinario debía esperar aún una semana. Los chicos se alegraron, naturalmente, con la idea de tener en casa un cachorro juguetón y saludable, pero de ningún modo les pasó por la cabeza que se tratara de un intercambio. Cada vida tiene su propia valía y su propia integridad, que nadie más que uno mismo tiene el derecho a negociar. En tratándose de un perro, naturalmente, hay sobre el asunto opiniones muy encontradas. Cuando lo trajeron a casa, el cachorro entró en ella a saco como suele decirse, o como también se dice, como Pedro por su casa. Tal vez por este motivo el padre dio en llamarlo Pedro. Mas como era tan pequeño, ninguno se animó a llamarlo por un nombre tan grande, y tan de gran persona como era aquél y le llamaron Pedrín. Con el tiempo y otro poco, Pedrín dio lugar a Perrín, un nombre -si bien absolutamente inventado- más apropiado o a propósito. Desde que vino al mundo, Perrín no había estado nunca, lo que se dice nunca, en una casa, pero aquélla a donde le habían traído le pareció la casa más casa de todas las casas que hubiera en cualquier lugar. Y al encontrarse con la figura vacilante de Aldabón, fue a su encuentro con todo el ímpetu de sus primeros años. -¡Abuelo! ¡Abuelo! -ladró mientras meneaba la colita, y sus extremidades, aún no bien disciplinadas, venían a tropezar unas con las otras, tal y cual le pasaba al viejo Aldabón por razones diferentes-. ¡Qué bueno que te encuentro! ¡Ya ves qué casa tan inmensa tenemos para nosotros dos! Tú dispondrás del piso bajo, ya que por tus años no te resultará fácil subir y bajar las escaleras. Yo, en cambio, dispondré de las plantas superiores. ¿Pero bueno, es que no te alegras de verme llegar? ¿O qué? Aldabón consiguió ver al cachorro por entre las nubes de sus ojos, y naturalmente que se alegró de verlo y de oírse llamar abuelo, y de aquélla familiaridad que no era irrespetuosa, sino inocente. -Bienvenido a tu nueva morada, hijito -dijo, en cuánto pudo colocar las primeras palabras por entre el hablar atropellado del pequeño-. Gracias por tu generosidad y tu cortesía. Ahora bien, aún no nos hemos presentado, y ésa es de las primeras cosas que la buena urbanidad enseña. Mi nombre es Aldabón. Y tú, ¿cómo te llamas? Aldabón contaba, debajo y al amparo de la escalera inmensa que conducía a los pisos superiores, de una mullida esterilla donde echarse a descansar cada vez que así lo deseaba. Nunca había sido él perro de andar subiéndose a los muebles y otros sitios que correspondían a los dueños de casa. Para él, esta actitud consistía en darse su lugar, o el lugar que le correspondía. No era él menos él por dar muestras de aquel recato, sino al contrario, conduciéndose más como un perro nada tenía que temer de que los dueños de casa lo echaran con un regaño infamante de un sitio u otro. Su abuela Medialuna también al respecto lo había ilustrado más de una vez, y ahora él concibió la idea de hacer lo mismo con el recién llegado. Tenía muy poco tiempo entre las manos para aquella empresa, se dijo, pero de cualquier modo el cachorro, inconsciente de su insistencia o indiferente a ella, no parecía tener la intención de dejarle estar un solo momento. Así pues, Aldabón concibió sobre la marcha un plan de acción que le concediera algún reposo. El perrito dio enseguida muestras de ser como había deseado Aldabón que fuera, de buenas entendederas, y además probó ser capaz de iniciativas que adelantaban ya un magnífico ejemplar canino. Cuando buscaba abrigo, intimidad de amigo y la garantía de seguridad junto al viejo cuerpo de Aldabón, éste se sentía conmovido y tan ocupado estaba que la idea de la muerte que tanto lo había ocupado anteriormente pasó a confundírsele o a estar en correspondencia con los momentos que vivía. Ahora pensó en lo que sería del cachorro cuando él no estuviera. ¿De qué manera explicarle al pequeño aquella separación luego de que éste se hubiera encariñado con él y él con el pequeño? Pensando en su abuela Medialuna, Aldabón fue explicándole al cachorro en qué consistía aquel proyecto de viaje impostergable que muy pronto debería emprender, y cómo no era posible que el pequeño pudiera acompañarlo. Entre tanto, el cachorro hacía progresos en su aprendizaje y daba muestras de verdadera generosidad por propia iniciativa: -Aquí tienes, abuelo -le dijo al oído, apartando la enorme oreja que lo cubría-. ¡Un hueso en toda la regla! Del cercado del vecino. Quiero decir: no lo he robado, no. ¡Ya sé que no debemos apoderarnos de aquello que no nos corresponde! Es lo justo y lo justo facilita el entendimiento y la buena vecindad. Se trata de un regalo. La vecina tiene un gato, pero como él es algo majadero para eso de comer, pues me lo ha dado a mí. Tampoco anduve de pedigüeño ni nada semejante. Ella me vio, y se dijo que alguien como yo, seguramente, apreciaría mejor un hueso como éste. Desde luego que le di las gracias antes de hincarle los comillos. Como el hueso es muy duro para tus dientes, lo he roído yo un poco, antes de traértelo. ¡Verás que hueso tan delicioso éste que te he traído para la cena! Y diciendo esto, se echó casi bajo las mismas narices de Aldabón, y se puso a roer uno de los extremos del hueso mientras aguardaba a que el viejo perdiguero lo imitara. Aldabón lo contempló un instante por entre las nieblas de sus ojos y le sonrió agradecido. -Gracias, pequeño. Eres lo que se dice un cachorro de raza. Tu generosidad es como un escudo en el que está inscrita tu divisa. Cuando crezcas y te hagas grande y fuerte comprenderás bien esto que ahora te digo. Mira, no lo tomes a mal, pero en este instante no deseo comer nada. Prefiero dormir un poco y reponer fuerzas. Cada día que pasa me hago más y más viejo, y me canso con facilidad. Déjame que descanse, ¿quieres? -Sí, abuelo, claro que sí. Tú seguramente has trabajado mucho, pues como dices, eres muy viejo. Yo también me canso a veces, no creas, pero como he vivido menos que tú, seguramente me canso menos. ¿No es eso? Mira, cuando me haga viejo también como tú, nos iremos juntos a algún lugar y tomaremos algún paseo... Y como ambos seremos igual de viejos nos cansaremos lo mismo tú y yo. Así no te cansarás solo y nos haremos compañía de cansados. ¿Qué te parece, abuelito? Aldabón fue a decir algo, pero se le hizo un nudo en la garganta que no lo dejó decir ni pío, esto es un decir, claro, porque Aldabón no tenía ni un pelo que no fuera de perro, y eso de piar estaba bueno para otros, pero no para él. Tragó en seco, una saliva apelmazada de sí misma, con la consistencia casi de un grumo de almidón y dirigió su sonrisa en la dirección en que presumía que se hallaba el perrito, pero ya éste se alejaba en cualquier dirección. Ni que decir hay, que los chicos estaban fascinados con el cachorro, y éste se sentía a gusto con ellos como si se tratara de su propia camada. (A veces lo desconcertaba un poco el desorden que primaba en ella, donde las categorías o rangos parecían alternarse -cosa inexplicable para un perro, que por instinto se atiene a una jerarquía preestablecida en su universo-, pero muy pronto se las arregló para entender de qué se trataba y llegó a manejar en poco tiempo las reglas del juego. Cuando no quería obedecer alguna orden, o aquella le parecía una imposición gravosa, aprendió muy pronto a hacerse el tonto, y a alejarse del lugar como si con él no fuera, e igualmente a fingir una sumisión obsequiosa ante el imperio de los padres, (sobre todo de la madre, a quien era necesario obedecer siempre y en todo lugar -supo enseguida-). Pero también llegó a sentirse útil cuando se le mandaba traer el periódico, y satisfecho de obedecer cuando se le premiaba con una palmada cariñosa o una caricia en el lomo. ¡Claro que aún mejor estaba un hueso! Incluso uno de esos huesos como de juguete que estaban hechos pensando en engañar el sentido común de un perro, pero que al fin y al cabo no dejaban de satisfacer su paladar. Pero tampoco se olvidaban los chicos de Aldabón, por causa del cachorro. Ya la cita con el veterinario había pasado sin que ninguno pareciera acordarse, y aunque el viejo labrador parecía disiparse cada día un poco más, en medio de una bruma imprecisa creada a su alrededor, los demás moradores de la casa no lo desatendían ni dejaban de lado. -¿Qué hay de nuevo, campeón? -le dice Felipe, en cuclillas junto a su gastado cuerpo que apenas consigue incorporarse a medias al percibir la voz-. Está bien, viejo. Está bien. Descansa. -Y aunque ya esté dispuesto a marcharse, Felipe se queda un poco más junto a él, y siente no sabría explicar qué deseo o necesidad de reacomodar la oreja marchita de Aldabón, que no admite re-acomodo alguno, pues se ha vuelto eso exactamente, una enorme hoja de col marchita sobre la cara de su dueño. Después que Felipe se ha marchado, vienen junto a él Enrique, Eugenia y Ana María. Y todos vienen y siguen viniendo, bien sea por turnos o formando un grupo compacto que quisiera ampararlo de la sombra que proyecta la muerte sobre su cuerpo, y a algunos se les antoja aviesa en su ubicuidad. -Oye, Aldabón. Aquí estamos nosotros para acompañarte. ¡No tengas miedo de nada! ¿Me oíste? Bueno, qué ibas tú a tener miedo, cuando has sido siempre el más valiente de todos los perros. Y a tres, a cuatro, o a seis voces repetían las mismas historias de todos conocidas, de las que Aldabón había sido el protagonista en diferentes ocasiones. El animal las oía con interés -no por él mismo o por causa del papel que se le atribuía haber jugado en ellas, sino por el afecto que oírles contarlas le confirmaba una y otra vez- y sin proponérselo siquiera se iba animando como si una llama a punto ya de apagarse por la falta de oxígeno, alcanzara de repente una reserva inconcebible, un bolsillo de energía que hiciera posible la combustión y la luz. Perrín mismo pasaba más y más tiempo a su lado, olvidándose a veces de jugar y hasta de comer. Aldabón debía entonces hacer uso de aquellas fuerzas que lograba juntar en sus letargos, justamente gracias a su inercia y abandono, y hablarle del presente y del futuro. Y de la muerte, claro, también de la muerte. ¡De su muerte! -¿Y es por eso que estás siempre tan triste y apesadumbrado, abuelo? Aldabón pensó por un rato en la palabra apesadumbrado que, tan complicada le pareció para la edad del cachorro, y sonrió para sí. (Naturalmente que éste había dicho algo así como apestadunbrado, pero con todo, Aldabón reconocía el esfuerzo del perrito por expresarse bien. Seguramente el mismo Aldabón habría dicho más de una vez aquélla palabra, o su nieto se la había oído decir reiteradamente a los chicos). -¿Quién te dice que esté triste ni apesadumbrado, pequeño? Cansado, eso es todo. Como consecuencia de las expectativas, y de los preparativos del viaje que tengo por delante. Todos los viajes agotan lo suyo. Ya lo aprenderás en su momento. Unos más que otros, pero todos resultan en cierto cansancio. Lo cual no debes interpretar como algo negativo, sino como consecuencia de estar vivos, y contar con un cuerpo en que poner alternativamente el cansancio, y el consecuente reposo. ¿Ves ahora por qué insisto en que debes aprender a tomar una siesta de vez en cuando? Es lo mejor para reponerse de la fatiga, y para prevenir enfermedades y malestares que el desasosiego permanente acaban por instalar en uno, y terminan por minar la salud. Tú mismo me has prometido que alguna vez, cuando ya seas viejo como yo lo soy ahora, nos haremos compañía caminando y haciendo que se acompañen nuestros respectivos cansancios. Pues bien, yo estoy dispuesto a esperarte en un alto del camino que te llevo adelantado. Así podré descansar hasta que tú llegues y nos reunamos. Luego, si quieres detenerte a descansar tu propia fatiga, lo haremos juntos y nos haremos compañía. ¿Eh? De manera que tal vez aquí, y ahora, debamos despedirnos, pequeño. ¿Qué dices? Perrín estaba anticipando tal vez otro género de despedida más convencional, algo así como acompañar a quienes se marchaban a tomar el autobús, el tren, el avión o el barco que los conduciría a otra ciudad o a otra rivera, por lo que Aldabón se vio obligado a darle algún género de explicación que lo convenciera de su yerro, y consiguiera persuadirlo de que lo mejor era en efecto decir adiós en ese instante y lugar. A ayudar al que se marchaba en su propósito de convencer al cachorro vino la muerte misma con sus dedos descarnados y filosos, que hundió sin dificultad en la pelambre un tanto hirsuta del cachorro, para hacerle una caricia. Perrín no supo qué hacerse con aquella delicia inesperada, y como supuso que algo debía hacer acogió la caricia que se le hacía con unos cuantos ladridos sin mucha convicción, y se quedó dormido con un sueño plácido y reparador, sin que él estuviera al tanto de lo último. Cuando al fin de aquélla jornada abrió los ojos al cabo de no sabía él cuánto tiempo, Aldabón se había marchado finalmente. Lo primero que hizo Perrín al despertarse fue bostezar de puro gusto para reforzar las mandíbulas, estirar las patas delanteras, contorsionarse y luego sacudirse aquella energía que lo electrizaba hasta ponerlo sobre sus patas como si de unos alambres vivos se tratara. Viéndolo hacer, Enrique y los otros que lo espiaban, comentaron con satisfacción los atributos del cachorro. -Si lo conectáramos a un generador eléctrico, no haría falta otra batería o energía que ésta para suministrarle la carga que requiere. Aunque Enrique se había expresado en sentido figurado, todas las miradas se dirigieron él como si éste hubiera propuesto un desatino. -¿Qué? ¿Es que acaso he dicho un despropósito? Claro que... Lo que quiero decir es que, Perrín parece contar con una planta de energía propia inagotable. ¿No es verdad, campeón? Oírse llamar campeón aunque no supiera muy bien lo que quería decir, tuvo la virtud de recordarle a Perrín que éste era el apelativo por el que muchas veces había oído a Felipe llamar al abuelo. -¡El abuelo! ¡Caramba! -Había tenido aquel sueño... Y sin muchos miramientos se alejó de quienes lo rodeaban en busca de Aldabón que...- ¡Caramba, pero si hacía ya tanto tiempo que aquél no abandonaba su lugar debajo de la escalera! ¿Se sentiría mejor? El no encontrarlo en ninguna parte, de algún modo fue procurando certezas y confirmándolas en la cabeza del cachorro. Al comienzo, incrédulo respecto a aquello que seguramente no quería aceptar, sacudió la cabeza, como si sólo dentro de ella pudiera caber aquella sospecha que le decía que el abuelo ya había partido. Luego, apesadumbrado por todas las pequeñas evidencias que venían a ser la confirmación de una única evidencia, la ausencia del abuelo, Perrín se echó bajo la escalera, sobre la estera que antes ocupara Aldabón, y allí se estuvo un tiempo que tal vez fuera infinito, hasta que lo alcanzaron nuevamente las voces de los chicos. Felipe le alcanzaba un hueso incomprensible, de metal, que colgaba de una cadenilla de cobre o algo semejante. Más bien, se lo ponía delante de los ojos. Y lo que decía, al principio le pareció incomprensible del todo. Luego fue haciéndosele más o menos coherente: -Este hueso tiene grabado el nombre de Aldabón, pero ahora es tuyo, si lo quieres. ¡Lo llevarás al cuello, en recuerdo del bueno de Aldabón! Y haremos grabar otro hueso con tu nombre, para que ambos se hagan compañía y al chocar, su tintineo te recuerde a Aldabón. No hubiera sido necesario contar con el sonido producido por ellos -pensó Perrín- para recordar siempre al bueno de Aldabón, su querido abuelo. ¿Cómo olvidarlo? -se dijo-. Y además, estaba la promesa del re-encuentro. ¡Algún día! No sabía él cuándo exactamente, pero ese día, cuando ambos volvieran a reunirse en un alto del camino que Aldabón le llevaba adelantado... ¡Ah, ése día! ¡Cuántas cosas habrían de tener para contarse mutuamente! Este pensamiento lo alivió de la tristeza que sentía por la partida del abuelo, y poco a poco fue animándose con la presencia de los chicos, y los desvelos de todos a su alrededor. A Aldabón lo enterraron en una esquina del jardín, donde crecían rosales y otras plantas. Como el padre era amante de la jardinería, sobre la tumba de Aldabón plantó un rosal nuevo que al florecer debía dar unas olorosas rosas amarillas. Perrín se aficionó a pasar algún tiempo todos los días frente al rosal nuevo, como si su contemplación pudiera adelantar ese momento en que el rosal tendría sus primeras rosas. Algo contrariado, o simplemente desconcertado por lo que le parecía una espera interminable, terminaba por ladrar al rosal y a nada en particular; husmeaba algún perfume en el aire del jardín cargado de ellos, y parecía descartarlo finalmente con indiferencia. Entonces se volvía a la casa y a la familia y a las muchas ocupaciones e intereses que lo absorbían, todos los cuales, a su edad, parecían no tener fin. Los botones del rosal se anunciaron al fin, pero se hicieron esperar más de lo debido. Una plaga de no sabía Perrín qué género de insectos -tampoco estaba en su ánimo saberlo o averiguarlo- estuvieron a punto de acabar con el arbusto, y sólo la diligencia y atención del padre consiguió librarlo de la acometida de aquellas criaturas devoradoras de plantas. Entonces sí, finalmente, una mañana amaneció el rosal florecido. Antes de que consiguiera verlo, un olor más sutil que otros del jardín, se abrió paso hasta su hocico y Perrín supo de inmediato que el rosal plantado en memoria de Aldabón estaba florecido. Salió al jardín para comprobar con sus restantes sentidos lo que el olfato le había adelantado. Y ladró, de puro gusto. Ladró de contento, al ver las espléndidas rosas amarillas -como bañadas ligeramente en un ámbar muy suave y límpido- que brillaban a la luz de la mañana. Sus ladridos acabaron por atraer a toda la familia, que pudo comprobar igualmente satisfecha el milagro del rosal florecido sobre la tumba de Aldabón. Y desde entonces, no hay día del mundo que transcurra, sin que Perrín (a quien ya este nombre va quedándole pequeño) no se pare a contemplar el rosal plantado en memoria del abuelo, y a oler las rosas en que el arbusto es tan pródigo y abundante. -Algún día, abuelo -se dice Perrín-. Te contaré cómo son las rosas de este rosal. No creo yo que haya otro en el mundo que pueda igualársele. | ||