Aldabón, Perrín y los otros

(Un cuento para chicos con perros)
I

Rolando D. H. Morelli

Son muchos los recuerdos -piensa Aldabón, y suspira, viendo a los muchachos envueltos en los preparativos de algún viaje que muy pronto emprenderán-. Esto de los viajes tiene la facultad de devolverlo siempre al recuerdo de otros viajes, separaciones y despedidas de toda índole. Sí. Los recuerdos son muchos. Casi tantos como sus olvidos, que ya suman algo a la vuelta de los años que ha vivido. Y en este sopesar recuerdos y olvidos sacude la pesada cabeza como si quisiera aclarársela, porque… Aunque haya olvidado, Aldabón recuerda la camada en que vino al mundo, el pezón tierno y jugoso del que comenzó a tirar siguiendo un instinto fijo como el ojo de un cíclope, la compañía gárrula de sus cinco hermanos, el gruñir entre imperioso y lleno de ternura de su madre, las lengüetadas de su abuela Medialuna, y la presencia de los chicos y la de los padres de estos, siempre inclinados sobre ellos como la mirada tutelar de Dios sobre la tierra. Se trata de instantáneas iluminadas y llenas de movimiento -se dice Aldabón- entre las que se colocan disolvencias y largas secuencias fuera de foco. Hay luego momentos confusos, y recuerdos que no llegan a serlo porque se colocan en un ayer o un anteayer que puede recordarse claramente sin que se requiera para ello de hacer un esfuerzo de memoria. Otras veces, se trata de eso que su abuela Medialuna, entendida como era, llamaba con sofisticación déjà vu: una como memoria anterior a la memoria; una suerte de memoria postiza, anticipada, que se antoja una sensación ya visitada anteriormente, de manera que nos parece recordar cuando en realidad experimentamos un hecho por vez primera. A lo mejor, la memoria está hecha de una superficie porosa, y quedan en ella impresiones dispersas que a veces se juntan como si se tratara de editar una película con los retazos de muchas otras, hasta disponer de una secuencia inesperada e inconcebible, a la vez que de algún modo conocida. Todo esto medita Aldabón mientras los chicos vienen y van, envueltos en un afán que parece absorber toda su atención.

A pesar de su interés en ellos, el buen perro acaba por aburrirse echado sobre sus patas delanteras sin perderles pie ni pisada, y para no bostezar de aburrimiento, hunde entre las manos el hocico y ahoga ahí ese bostezo que quiere esparrancarle la boca y desfigurarle la cara en una mueca. Del sueño en que cae procede ese gemiqueo lastimero que no es precisamente el suyo -aunque él no lo desprecie- sino el de alguno cualquiera de su raza canina, y debe proceder de muy lejos en el tiempo, cuando los perros comenzaban a domesticarse y a aprender del hombre acomodos y fórmulas de convivencia con las que ambos pudieran vivir. Sueña entonces con una tarea hecha en común -al despertar ya no podrá recordar con precisión de qué se trata- mediante la cual ambos colaboran para procurarse al final un buen bocado, una mutua satisfacción y un sentimiento de recíproca lealtad.

El correcorre de los viajeros no lo deja dormir mucho, sin embargo. Ana María ha estado a punto de tropezar con él y de pisarle inadvertidamente una de las orejas, en las que Aldabón siente apenas el roce de las suelas de los zapatos.

-Será mejor que me vaya a mi sitio debajo de la escalera. Allí nada me perturbará, ni yo perturbaré a nadie con mi presencia -se dice-. ¡Cada uno, a su sitio! -Esto último lo dice sin asomo de amargura, sino más bien con un sentido de satisfacción que radica en la seguridad que experimenta-. Allí no habré de tropezarme con nadie, ni nadie tropezará conmigo. -Y el recuerdo de su abuela Medialuna le devuelve una frase suya que en este momento a Aldabón le parece la más apta-: Si no se es entrante, lo mejor es no creerse puerta.

Y allá se marcha, debajo de la escalera. Se tumba cómodamente sobre la esterilla de que dispone y aunque ya no tiene sueño, o por lo mismo que no lo tiene, medita en cuanta cosa acierta a pasarle por la mente.

Hace ahora cosa de un año -de un año contado con los días de la gente, que para un perro las horas, los días y los años transcurren de modo muy distinto- que el padre de los chicos le regaló ese collar contra las pulgas.

-Mira Aldabón, lo que te he comprado. ¡Un escudo con el que podrás enfrentarte a tus encarnizados enemigos!

Esta frase iba bien con el personaje: un hombre más bien alto y nudoso, con algo de chico en todo él, que a veces se confundía entre sus hijos, y lo mismo que ellos podía ser tierno y delicado con él, como si Aldabón estuviera hecho de arcilla, o de porcelana muy fina. Lo cierto es que nunca había padecido aquel azote, ciertamente encarnizado en los perros como él, de que le hablaran alguna vez su madre, y su abuela Medialuna. Cuestión de suerte a lo mejor, o simplemente cuestión de higiene, pues Aldabón había aprendido desde pequeño el gusto por el baño, y nada -o casi nada- podía gustarle tanto como una buena ducha, cuando los chicos lo bañaban en el patio valiéndose para ello de una manguera de jardín con la que también se salpicaban entre sí, aunque casi tanto como ello le gustaba meterse a una tina con agua tibiecita y dejarse estregar por Ana María, la madre, Felipe o cualquier otro que deseara entregarse a aquel placer que seguramente también para ellos constituía un goce. Aldabón se lo sentía en las puntas de las cerdas duras y gruesas que lo recubrían de cabo a rabo. Ana María disponía además de un cepillito muy suave con el que solía limpiarle las uñas, o como se dice en el caso de los perros y otros, las garras de los dedos. Las de Aldabón eran particularmente hermosas, decían todos: fuertes, saludables, de un color marfileño. Y para que los dientes no lo fueran menos, Ana María misma había instituido el ritual de la limpieza de los dientes, que si bien a un perro como él era podía resultar extraña, le venía tan bien que pronto acabó por acostumbrarse a ella y a procurarla. En cuanto algún resto incómodo de alimento se quedaba atorado entre dos cualquiera de sus dientes, en lugar de dejar estar como hacen resignadamente otros perros, acudía él a donde los chicos, en particular Ana María, para que, valiéndose ella del hilo dental -dentífrico, decía ella, pero lo que es Aldabón nunca pudo con la palabrita-lo librara de aquella incomodidad, por otra parte tan inconveniente para la salud de su dentadura. En verdad, era aquélla de sus dientes, la única vanidad de que se jactaba Aldabón. Ufano con sus dientes, habría deseado él que hubiera algo así como una competencia canina de belleza, en lo que a los dientes tocaba.

Sin otro motivo que el mero placer de hacerlo sacudió la cabeza igual que hacía cuando quería despejarla de emociones o pensamientos que lo abrumaban con su peso o insistencia. La sarta de cascabeles que Felipe había colocado en torno al collar sonaron con ese tintineo que también era grato al oído de Aldabón, y éste volvió a pensar en las pulgas que nunca había conocido, y en las garrapatas de las que, aparentemente no podía librarlo el collar, pues de ésas sí -una sola vez, pero a él le bastaba con una- había sufrido la picada. De las garrapatas había llegado a saberlo casi todo, esto es, lo que había que saber para evitarlas y para librarse de ellas con prontitud, pues mientras los chicos todos lo curaban de ellas hablaban entre sí de lo que sabían, de lo que acababan de aprender y de lo que había de hacerse. Mucho se sorprendió Aldabón, así que se hubo enterado, de que las garrapatas pertenecieran a los arácnidos. Cierto que las arañas podían ir del tamaño de la cabeza de un alfiler al tamaño de un plato de mesa, que alcanzaban algunas tarántulas, pero una garrapata le parecía otra cosa. Una vez, ahora recordaba, siendo él muy pequeñuelo, había estado a punto de ser picado por una enorme tarántula gris, sorprendida por él en el momento mismo en que aquélla intentaba ascender uno de los muros que separaban el patio del vecino. La voz alerta y alarmada de su madre lo había parado en seco, cuando ya la tarántula se volvía dispuesta a la agresión para defenderse de lo que tomaba por un ataque de su parte. Arañas grandes y pequeñas había visto él muchas a lo largo de su vida -se dijo- y recordó la más grande que jamás hubiera visto él, y tal vez no muchos otros hubieran alcanzado a ver nunca, en un programa de la televisión que a él le atraía particularmente pues trataba sobre la vida de los animales de muy diferentes especies. Allí la había visto él cazar y dar muerte nada menos que a una serpiente venenosa. Cuando tal veía los pelos se le ponían de punta, y no podía evitar que un aullido angustioso -tal vez en recuerdo de su propia experiencia de pequeño con una tarántula- le saliera del pecho. Entonces, los chicos se preocupaban por él y sobre el lomo le llovían caricias y palabras que buscaban comunicarle certezas de todo tipo.

-Hombre, Aldabón, no es nada más que el televisor. ¿Vas a decirme ahora que les tienes miedo a las arañas?

-No te preocupes que no te va a pasar nada.

Si el hecho de que las garrapatas pertenecieran al género arácnido lo sorprendió al principio -no así luego que fue conociendo de qué se trataba verdaderamente- mucho más lo sorprendió el hecho de que pudiera considerarse un don de los dioses la transformación de una muchacha cualquiera en una araña, según contaba la fábula ésa de Aracné, que había oído contar a los chicos, de donde procedía el nombre araña que era común lo mismo a las tarántulas más grandes que a las más pequeñas… ¡Y hasta a las garrapatas! Bueno, no se trataba de llamar arañas precisamente a las garrapatas, pero también éstas pertenecían a la horrible parentela de las chupasangre. ¿Cómo empezaba, Dios mío, la historia de la pobrecita Aracné? Hubo de confesarse que si de perros se hubiera tratado, habría él podido contar su historia de principio a fin, sin olvidos ni menoscabos de ninguna índole… Prejuicios de su parte, a lo mejor, en tratándose de tarántulas y garrapatas. No eran buenos los prejuicios porque terminaban por cegarlo a uno a las posibilidades de bien que hubiera en los otros. A lo mejor después de todo, no fueran las arañas ni tan malas ni tan diferentes de todos los demás. O a lo mejor se trataba de desinterés de su parte, o de tener más interés por aquello que conocía él bien, o con lo que podía identificarse. ¡Además, prejuicios apartes, los perros eran indudablemente -al menos para él- más interesantes que las arañas de cualquier clase que fueran! Tan metido estaba en sus reflexiones, que no oyó llegar a Felipe el cual venía a despedirse de él, a solas, antes de que lo hicieran los demás. Por un instante pensó Aldabón aquello precisamente a lo que había querido resistirse más: ¿Y ahora, cuando estuvieran fuera los chicos -¿de qué modo decir por cuánto tiempo?- quién jugaría con él en el jardín a los golpes de agua inesperados? ¿Se ocuparía la madre de la limpieza de sus dientes, de los que tan ufano se sentía Aldabón? ¿La habría entrenado Ana María en este menester para cuando ella no pudiera ocuparse? ¿Y las caricias en el lomo y el nacimiento de las orejas? ¿A quien le dejaría una infinidad de tareas a las que tan aficionado se había vuelto, y ahora le punzaban como verdaderas necesidades fisiológicas cuando le faltaba atención? La voz de Felipe le sonó llena de certezas de todo tipo, las mismas que a él le estaba haciendo falta oír.

-Sé obediente, Aldabón. Hazle caso siempre a mamá para que no te enemistes con ella. No prometo escribirte porque eso de las cartas no se ha hecho para los perros como tú, y además, tampoco yo soy buen corresponsal. ¡Ojalá lo fuera! Eso sí, cuando les escriba a los viejos, (o cuando hablemos por teléfono, que será más a menudo) siempre preguntaré por ti. No me olvides tú tampoco, ¿eh?

Y así diciendo, se alejó Felipe sin volver los ojos para que no viera él que los tenía húmedos de lágrimas. El propio Aldabón sentía un nudo doloroso que le apretaba la garganta, y comenzó a pensar en otra cosa. ¡Ah, sí! La historia de Aracné.

Muchas veces, luego de oír por primera vez aquélla se había detenido Aldabón a contemplar la obra, extraordinaria y de gran belleza, en que se aplicaba una araña cualquiera. Y se quedaba como alelado frente al telar cuyos hilos debían hallarse entre los más resistentes de todos los hilos habidos y por haber.

Alguna vez, Felipe lo había llevado a nadar al río que entonces corría, muy límpido y manso, en un páramo en cuya dirección apuntaba a veces la nariz de Aldabón, como si de tan lejos pudieran llegarle todavía efluvios, emanaciones, olores y sonidos que le fueran gratos. Y allí había gozado, además del chapuzón y de los saltos entre las biajacas que a veces saltaban junto a él, de la contemplación de un verdadero despliegue de telares que, oscilando en el viento parecían sostenerse nada más que en él, y atrapaban la luz y los colores más sutiles en sus hilos tornasolados.

Nuevamente, la proximidad de los chicos lo trajeron al presente. Besos sobre el nacimiento del hocico; caricias en las orejas, sobre el lomo, apretoncitos en las patas; abrazos… De pronto más parecía tratarse de una fiesta de cumpleaños que de una despedida. ¡Sabía Dios por cuánto tiempo! Pero tales excesos hicieron olvidarse a Aldabón unos instantes, de aquellas preocupaciones que lo contritaban, a pesar de sí mismo. Luego, uno a uno comenzaron a alejarse de él en dirección de la salida de la casa, donde ya aguardaban infinidad de maletas y otros bultos a ser transportados a la parte trasera o superior de la furgoneta en que el padre los conduciría a esa escuela en la que estudiarían en lo adelante.